top of page
  • Foto del escritorGabriela Verdezoto Landivar

En la Amazonía la vida se mide por la vida del jaguar

El jaguar es el felino más grande de América. Es una especie errante y en peligro de extinción. El 50% del territorio del jaguar ha sido destruido. Ya desaparecieron todos los individuos de El Salvador y Uruguay.  “Todxs somos jaguar” se llama la última actualización del Plan de Acción Nacional de protección del Jaguar que se publicó el viernes 14 de julio de 2023 en el Jardín Botánico de Quito con WWF Ecuador y el Ministerio del Ambiente, Agua y Transición Ecológica.


Leonela Begay de la comunidad Kichwa de Zancudococha se interna en la selva para seguir las huellas del jaguar y documentar su presencia. Foto: Gabriela Verdezoto Landivar.


Sólo te he visto tres veces. Esto es mucho, ahora que hay lugares donde nunca más andarás.


La primera vez fue a media noche, cuando en la chacra de la casa de mis padres uno de nuestros chanchos comenzó a chillar. Nos asomamos por la ventana y ahí estabas, hambriento, furioso, grande, con ese pelaje brillante y pintado. Yo tenía 18 años y ya vivíamos en la comunidad de Zancudococha, dentro de la Reserva de Producción de Fauna Cuyabeno (RPFC) en en la Provincia de Sucumbíos, en la Amazonía norte del Ecuador. Estábamos mi hermana y yo. Cerramos las cortinas y dejamos que comas, por miedo, por respeto.


Las dos siguientes veces te vi mientras navegaba por el río Aguarico en mi canoa. Fue un medio día y estabas majestuoso, relajado, tomando el sol en la orilla. Nos miramos a los ojos y tú, con osadía y elegancia, comenzaste a mover lentamente la cola que golpeteaba y levantaba la arena.


Quien iba a imaginar que años después, yo, Leonela Begay, 38 años, iba a monitorear tu existencia. Por más de tres, me interné con un grupo de cuatro personas y mi hijo de cinco años, Diego Tangoy a lo más tupido de la selva vecina a nuestra comunidad para poner cámaras trampa cada dos kilómetros. Nos perdíamos dos días por mes.


Acampábamos en medio de la Amazonía para seguir instalando, cambiando las pilas, limpiando los lentes o retirando las memorias de las cámaras que los expertos nos enseñaron a usar con el fin de saber si todavía estás. Si todavía nos proteges.


Pasamos pantanos, lomas, caminamos más de cinco horas diarias. Diego nos seguía el paso, aprendió a cambiar las pilas y a sacar las memorias.  Ahora tiene 11 años y todavía me pregunta ¿cuándo volveremos a poner las cámaras trampa? Casi en todas, se registraron videos de jaguares. Parece que aquí te sientes a salvo.


En la comunidad de Zancudococha vivimos más de 50 familias, quedamos pocos. Los jóvenes migran. Nosotros trabajamos la tierra, comemos lo que producimos, pescamos en la laguna o en el río. No necesitamos mucho dinero al diario. Quizá, para comprar cosas de la tiendita. Para mandar a los hijos a estudiar afuera.


Cultivamos cacao orgánico y una vez al año lo vendemos a una empresa nacional que fabrica chocolates. Acabamos de entregar 79 quintales de cacao. Esperemos que el año siguiente sea el doble. Las ganancias las hemos invertido en equipos para procesar el cacao desde que es baba. Lo fermentamos, lo clasificamos y lo enviamos a Quito.

Se necesitan 6 horas en lancha, desde el puerto Tierras Orientales, en Sucumbíos, para entrar a nuestras tierras. 


Hoy estoy en Quito, por primera vez, para contar lo que hacemos los monitores de jaguares. Tardé doce horas en llegar desde mi casa. Estoy nerviosa. Estoy en el Jardín Botánico. Nunca había estado en un evento así, con tanta gente, con ministros y viceministros. Todo me sorprende porque es diferente al silencio bullicioso de nuestra selva.


Presentación del Plan de Acción Nacional de Protección del Jaguar en el Jardín Botánico de Quito. Foto: Gabriela Verdezoto Landivar.


Tú me has visto de frente. Sentí tu temor. Dicen que deben mirarnos a los ojos y no los atacaremos. Sin embargo, a pesar de vernos fuertes, peligrosos, asesinos, nos estamos extinguiendo.


Llegamos hace más de 500 mil años, por el estrecho de Bering, y nos tomamos toda América. Ahora, quedamos alrededor de 160 mil en Sudamérica. Solo en la Amazonía ecuatoriana somos apenas entre 1200 y 2000 individuos más unas pocas decenas en Esmeraldas, donde nos han puesto la categoría de peligro grave de extinción. La última vez que nos vieron en Guayaquil fue hace 10 años. Ya no tenemos árboles dónde descansar y dejar nuestras huellas para delimitar nuestro territorio.


Se calcula que cada uno de nosotros nos movemos entre una superficie de 300 kilómetros cuadrados durante nuestra vida.


Amamos el agua, somos casi acuáticos, por eso buscamos ríos, lagunas, manglares.

En América se ha deforestado el 50% de nuestro hábitat, estamos arrinconados por la ganadería, las empresas extractivas, la expansión de la estructura vial. Sobrevivimos especialmente en las Áreas Protegidas como el Yasuní o Cuyabeno. Sin embargo, alrededor de la carrretera Maxus, en Yasuní, que abrió paso para llegar al Bloque 16 la densidad es de 0.29 individuos jaguar por cada 100 kilómetros cuadrados, mientras que en la zona profunda del Yasuní, al sur del río Curaray, donde sólo se ingresa por aire, nos encontrado entre 2 y 5 jaguares por cada 100 kilómetros cuadrados.

Ecuador tiene una tasa de deforestación neta anual de 60 mil hectáreas por año. Están matando nuestra casa.


Nos vemos obligados a comer animales domésticos y la muerte como castigo, a pesar de que soy considerado una especie sagrada para la mayoría de culturas indígenas del continente.


Aparecemos en las visiones de shamanes, nuestro poder se transmite por la Ayahuasca. Somos sanadores. Los guerreros que mueren se convierten en uno de nosotros.


Pero nos están matando. Nos cazan, aunque está prohibido a nivel internacional, aunque estamos desapareciendo y llevándonos con nosotros la selva.

En Surinam, entre 2017 y 2018 exportaron nuestros huesos, dientes y una especie de “pasta de jaguar” a China.


En Bolivia se han confiscado 760 de nuestros colmillos entre 2014 y 2019 mientras iban a ser enviados a China.


Nuestra muerte llevará otras. Somos especie paraguas. Somos indicadores de salud de la Amazonía que está llegando a un punto de no retorno. Si no dejan de deforestar, nosotros desapareceremos y la selva será sabana o bosque seco.


Nos iremos en silencio, pero nuestra muerte no traerá buenas visiones futuras para su especie, la humana.

bottom of page