top of page

Luto ecológico y el Jambato de Cotopaxi

  • Foto del escritor: Andrea Chávez
    Andrea Chávez
  • hace 24 minutos
  • 4 Min. de lectura

Foto tomada de Alianza Jambato https://alianzajambato.org autora Amanda Quezada.
Foto tomada de Alianza Jambato https://alianzajambato.org autora Amanda Quezada.

Hace poco —en una charla sobre activismo y academia— aprendí un término que me ayudó a nombrar algo que llevo sintiendo desde hace años: luto ecológico. Se refiere a ese sentimiento de profunda tristeza frente a la pérdida de paisajes, especies y ecosistemas; un fenómeno que aún está siendo descrito y comprendido por la ciencia (Cunsolo & Ellis, 2018).


Yo nací y crecí en Quito, pero mi vínculo con mi familia en Cotopaxi siempre ha estado presente, como una cuerda tensa entre la ciudad y el campo. Durante mucho tiempo sentí pena por no haber conocido lo que generaciones pasadas sí vivieron: mis padres, tíos abuelos, mencionan como los jambatos, los jilgueros, los quishuares – desaparecieron -como los humedales que ya no existen y cuando quebradas de mi pueblo tenían agua. Hoy entiendo que esa pena tiene nombre.


En ese marco, el caso del Jambato y la construcción de la vía Sigchos–Angamarca ha resonado en mí de una forma especialmente íntima. Cotopaxi es una provincia de olvidos selectivos y contradicciones profundas. Decimos estar orgullosos de nuestro paisaje dominado por el volcán, pero descuidamos sus vertientes; tenemos páramos y humedales amenazados por proyectos viales vigentes; celebramos al danzante con orgullo, pero la relación con las comunidades locales e indígenas que sostienen estos territorios es compleja y rota. Es un territorio de contrastes. Y yo, de algún modo, también lo soy: alguien que pertenece y, a la vez, es externa; alguien que quiere volver, pero no termina de concretarlo.


Cuando se anunció la reaparición del jambato (Atelopus ignescens), me llené de una alegría difícil de describir. La historia de su redescubrimiento es, además, profundamente significativa: fue un niño de la misma comunidad —David Jilaca, de Angamarca— quien insistió en haberlo encontrado, y gracias a su voz se confirmó su presencia con especialistas. Siempre dejé para después el día en que pudiera visitar un centro de rescate y verlo con mis propios ojos. Hoy parece que tal vez esa sea la única forma en que llegue a conocerlo, y no en estado natural.


Ese anfibio no es solo una especie: es un relato vivo de resistencia frente a la crisis ecológica, al cambio climático y a promesas de “desarrollo” que rara vez se preguntan ¿para qué? y ¿para quién?


Saber ahora que existe una amenaza tan grande para la última población conocida duele profundamente. Duele constatar que muchos tomadores de decisiones hacen oídos sordos no solo a activistas, áreas de la comunidad que no están a favor, sino también a biólogos, técnicos y científicos. Al ver las redes sociales y constatar cómo han usado discriminadamente Jambato para referirse a otras especies. Desconociendo el contexto histórico y biológico del Jambato - Atelopus igenscens.


Duele porque queda en evidencia que existen alternativas que no se analizan con la profundidad necesaria. He escuchado a investigadores, mencionar que no se oponen a la carretera en sí, sino al mal manejo de residuos, a la falta de planificación y a la ausencia de evaluaciones integrales. Por otro lado personalmente, pienso que habría una oportunidad de invertir en proyectos de desarrollo comunitario en zonas como Angamarca. Declarar un territorio como refugio sin planes concretos es una promesa vacía y una forma de greenwashing político.


En una época de crisis múltiple, quisiera que seamos capaces de imaginar propuestas alternativas que no sacrifiquen ecosistemas críticos. Yo estoy construyendo una carrera en este campo y sé que esta será, tarde o temprano, una realidad con la que tendré que convivir. No soy experta en desarrollo social o comunitario, y ese trabajo corresponde a otros saberes, pero tengo claridad en algo: es indispensable escuchar a quienes trabajan en sostenibilidad, ecología y biología, así como a las comunidades que habitan estos territorios (IPBES, 2019).


Hacer hincapié en que la voz de quienes estamos en la academia importa. Importa porque tenemos acceso a espacios de debate y a plataformas desde donde hablar por muchos otros que no las tienen. En el Ecuador, apenas alrededor del 2,14 % de la población cuenta con educación de cuarto nivel, lo que convierte este privilegio de cierto modo en una responsabilidad.


La ciencia no ocurre en el vacío: dialoga con decisiones, territorios, economías y vidas. Siempre existirán voces disidentes, y es sano que así sea. Sin embargo, quiero insistir en que nuestra labor científica busca exponer los hechos con el mayor rigor posible. Y es ahí donde duele que, con frecuencia, la evidencia sea ignorada para sostener narrativas que favorecen intereses políticos de corto plazo, basados más en popularidad que en evidencia.


Somos parte de un sistema eco-social interdependiente. Hoy existe la oportunidad de llamar la atención, de imaginar proyectos que articulen bienestar humano y cuidado ambiental, mientras se respeta el último refugio del jambato: un ícono de los Andes y un símbolo de resistencia frente a la crisis global y frente a un modelo de desarrollo que insiste en avanzar sin mirar lo que deja atrás.


Escribo este ensayo para compartir con más personas este sentir. Para decir que vivo con este luto ecológico y que sé que no soy la única. Tal vez nombrarlo, compartirlo —desde la ciencia y desde el afecto— sea también una forma de resistencia y no como acto de debilidad. De reconocer lo perdido y lo que aún podemos rescatar, de evitar generar este dolor en generaciones futuras e insistir que otros futuros son posibles.


La discusión de fondo no es si necesitamos vías. Es si somos capaces de diseñarlas sin sacrificar lo irremplazable. Porque si el jambato vuelve al silencio, esta vez no podremos decir que no sabíamos.

 
 
 
bottom of page