Yasuní y Galápagos: dos marcas globales, una misma fragilidad institucional
- Franklin Vega
- 30 dic 2025
- 4 Min. de lectura
Mientras Ecuador promociona al Parque Nacional Yasuní como el sitio más biodiverso del planeta y al Parque Nacional Galápagos como el laboratorio vivo de la evolución, las dos áreas protegidas enfrentan una misma crisis: despidos de guardaparques, falta de presupuesto y debilitamiento de la gestión pública. En Yasuní, un documento oficial alerta sobre la pérdida del 38 % del personal operativo; en Galápagos, la falta de combustible dejó lanchas sin patrullaje y el control del pepino de mar se realizó con medios mínimos, a esto se suma la masificación del turismo. Dos marcas globales, una conservación cada vez más frágil.

Desde hace por lo menos 30 años, el Ecuador ha construido su imagen ambiental sobre dos territorios icónicos. El Parque Nacional Yasuní, presentado como el sitio más biodiverso del planeta, y el Parque Nacional Galápagos, vendido al mundo como el laboratorio vivo de la evolución. Dos lemas publicitarios repetidos en discursos oficiales, campañas turísticas, foros internacionales y presentaciones de ONGs. Sin embargo, detrás del relato, ambos parques comparten una realidad menos visible: el debilitamiento progresivo de la gestión pública que debería sostenerlos. Esto no es nuevo, lo hemos evidenciado desde el 2008 cuando la conservación en las islas tienen su partida de defunción, pero de eso hablaremos en otra oportunidad.
Yasuní: el sitio más biodiverso del planeta, al borde del abandono operativo
Un memorando interno del Ministerio del Ambiente, Agua y Transición Ecológica (MAATE), fechado el 22 de diciembre de 2025, expone con claridad la crisis que atraviesa el Parque Nacional Yasuní . El documento advierte que esta área protegida —de más de un millón de hectáreas, territorio de pueblos indígenas en aislamiento voluntario (Tagaeri-Taromenane) y parte de la Reserva de Biosfera Yasuní— opera sin administrador titular y con apenas 45 técnicos y guardaparques para enfrentar amenazas permanentes como minería ilegal, tala, apertura de vías, expansión agrícola y actividades petroleras dentro del área protegida .
La situación se agrava con la salida, desde enero de 2026, del personal del Programa de Reparación Ambiental y Social (PRAS), lo que implica la pérdida de 17 funcionarios y cerca del 38 % de la capacidad operativa del parque . Menos personal se expresa en menos control, menos monitoreo y mayor vulnerabilidad en uno de los territorios más estratégicos del país y foco de atención de ambientalistas (pero solo en la parte oriental, donde sobrevive el mito el buen salvaje).

Galápagos: el laboratorio de la evolución, sin gasolina ni patrullaje
En Galápagos, la fragilidad institucional adopta otra forma, pero produce efectos similares. Durante 2025, guardaparques del Parque Nacional Galápagos fueron desvinculados como parte de recortes aplicados al Sistema Nacional de Áreas Protegidas, una decisión que redujo la capacidad de control terrestre y marino en el archipiélago.
A esto se suma un problema aún más crítico y menos visible en los comunicados oficiales: la falta de presupuesto para combustible. Fuentes vinculadas al manejo del área protegida han señalado que durante el 2025, las lanchas del Parque Nacional Galápagos permanecieron paradas, sin patrullajes regulares, no por fallas técnicas sino por ausencia de recursos básicos para operar. Solo tienen combustible para los zafarranchos.
Esta precariedad se evidenció durante la temporada de control del pepino de mar, una de las pesquerías más sensibles del archipiélago. En 2025, no se contó con lanchas oceánicas para patrullaje, y el control en zonas críticas como el canal Bolívar se realizó únicamente con una lancha pequeña las llamadas Sea Ranger, insuficiente para cubrir un corredor históricamente vulnerable a la pesca ilegal. En la práctica, el “laboratorio vivo de la evolución” quedó con vigilancia mínima en el mar.
Dos territorios distintos, una misma lógica de desgaste
Yasuní y Galápagos muestran un patrón que se repite: la conservación depende cada vez más del esfuerzo de personal reducido, mal financiado y sometido a decisiones administrativas erráticas. En Yasuní, la eminente pérdida de personal afecta el seguimiento a los bloques petroleros 31 y 43, la actualización del plan de manejo y la coordinación con comunidades indígenas . En Galápagos, la falta de combustible y de patrullaje efectivo deja amplias zonas sin control real, justo cuando aumentan las presiones pesqueras y turísticas.
Ambos parques siguen funcionando como marcas internacionales exitosas, pero con estructuras internas debilitadas. El contraste entre el discurso oficial y la realidad operativa es cada vez más evidente.

Conservación sin Estado
La pregunta ya no es si Ecuador reconoce el valor de Yasuní y Galápagos, sino si está dispuesto a sostenerlos más allá del eslogan. No hay biodiversidad que resista sin guardaparques, no hay laboratorio natural sin patrullaje, no hay conservación posible sin presupuesto básico para operar.
El memorando sobre Yasuní solicita incluso que la alerta sea elevada a la Presidencia de la República, reconociendo que lo que está en riesgo no es solo un parque, sino el patrimonio natural del Estado y los compromisos internacionales asumidos por el país . En Galápagos, el silencio institucional frente a la falta de recursos operativos dice tanto como cualquier informe.
Más allá de la marca
Yasuní y Galápagos no necesitan más campañas de promoción. Necesitan decisiones políticas, financiamiento sostenido y respeto por el trabajo técnico de quienes los protegen en territorio. De lo contrario, Ecuador corre el riesgo de consolidarse como un país experto en vender paraísos naturales, mientras deja a quienes los cuidan sin personal, sin combustible y sin respaldo.

