Treinta y cinco veces: Por qué los parásitos siguen siendo presidentes
- Karen Sichel

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“Vamos a repetir esta conversación 35 veces, 35 veces vamos a hablar de la misma mierda” dice la canción de C. Tangana. Y así se sienten las relaciones que no pueden sobreponerse a un problema —que es sobre lo que escribía Antón Álvarez Alfaro. Pero aplica también para los países que no son capaces de resolver sus problemas en común. Cada vez que leo lo que pasa en el Ecuador parece que estamos hablando de la misma mierda, 196 años hablando de la misma mierda. Pero luego leo a los griegos, el juicio de Sócrates, y entonces pienso que no, no son 196 años, son 2400 años que los humanos vamos hablando de lo mismo. Y luego leo a Darwin y pienso que no, de nuevo. No son milenios, sino billones de años. Los humanos somos hijos de la conversación biológica que se habla en diferentes formas de vida: la conversación de la supervivencia y el conflicto entre el depredador y el depredado. En el caso de los seres humanos, seres ultrasociales y dominantes, el conflicto ya no es interespecie, sino intraespecie: los depredadores no son otros animales, somos nosotros mismos. En particular, los parásitos que viven del abuso a los cooperadores.
Lea las noticias ayer o mañana o hace diez años y verá que hablamos de lo mismo: parásitos que nos usan y se aprovechan del resto para su beneficio propio. Póngale el nombre que quiera: Rafael Correa, Daniel Noboa. Solo por diversión: cambie de siglo, ahí verá a Fabián Alarcón; cambie de siglo de nuevo, Juan José Flores; y de nuevo, Francisco Pizarro. Imagínense ser Fabián Alarcón —que no ganó elecciones ni para alcalde de Quito— y aun así le quitó la presidencia a Rosalía Arteaga, la vicepresidenta que sí fue electa. Lo hizo porque pudo: tuvo el respaldo de los militares y del Congreso que una mujer en 1997 nunca hubiera podido tener. ¡Y fue presidente! ¡Y sus hijos podrán decir que son hijos de un expresidente, y sus nietos lo mismo! Y solo quienes recuerden sabrán de la deshonra. El parásito florece y gana en la tierra sin memoria, en la tierra de la mentira. Y es que, ¿por qué no ser un Fabián Alarcón si igual puedes mentir, si igual a nadie le importa, si igual nadie sabe? Bueno, aquí está alguien a quien sí le importa. A quien no le van a poder mentir tan fácil. Y sé que no soy la única. Este editorial es para los que, como yo, están cansados de los parásitos, de verlos ganar, de verlos ser presidentes, y sobre todo, de que tengamos que hablar de la misma mierda.

¿Cómo es el parásito?
La característica esencial del parásito es que usa a las personas para su beneficio propio, en particular a los que trabajan, a los que se sacrifican siguiendo las reglas. No ve a las personas como fines, sino como medios. Vamos a los ejemplos contemporáneos. Correa robó, mintió, manipuló, se alió a las guerrillas y a las organizaciones criminales. Todo eso se suma a los millones robados por los Jorges Glas, las Pamelas Martínez, los actos inconfesables de los Ricardos Patiño, los Carlos Pólit, los Josés Serrano. Los parásitos entienden todo en función de la utilidad que se genera para su bienestar particular e inmediato —los más ideologizados tenían como fin la revolución. Ahí están los archivos de las computadoras del líder de las FARC, Raúl Reyes —verificados por Interpol— mostrando comunicaciones entre el círculo cercano de Correa y la guerrilla. Ahí estaba María Augusta Calle, negociando con las FARC y luego redactando la prohibición constitucional de bases militares extranjeras en Ecuador. Todo se hizo por el socialismo del siglo XXI. Todo por la revolución. Sí, el parásito es moral: justifica sus acciones a través de un fin moral. Ahí están: algunos en la cárcel; otros, huidos; otros, en la Asamblea Nacional (recordándonos que algunos parásitos son más astutos que otros).
Lo mismo pasa con Noboa, solo que su fin moral no es tradicionalmente político, sino esencialmente transaccional. Tal es así que su partido ADN está oficialmente registrado como de centro izquierda. Noboa ganó las elecciones en 2023 precisamente por su talante tecnocrático, apolítico. Lo que ha demostrado que le importa es crecer su negocio y robarnos en el camino. Ahí está HealthBird: 100 dólares de capital, registrada en una galería de arte de Miami, promocionada para un contrato de 37,7 millones del IESS —clasificado como confidencial por quince años. Ahí están PROGEN, Austral. Y la joya: la deuda de la empresa de la familia Noboa con el SRI pasó de 94,6 millones en marzo de 2025 a cero el primero de octubre, gracias a una amnistía que él mismo promovió como legislación urgente.
Pero Noboa también —como todos los parásitos del mundo— tiene un fin moral: se supone que será quien por primera vez en la historia gane la guerra contra las drogas. Noboa promete hacer lo que Bukele hizo en El Salvador. Sin decirnos que Bukele no hizo eso. Bukele desmanteló pandillas callejeras que vivían de la extorsión en un país del tamaño de una provincia ecuatoriana. Noboa pretende desmantelar eslabones de la cadena global de cocaína, en un país trece veces más grande, con dos fronteras con los mayores productores de coca del mundo. No es la misma guerra. Y la vamos a perder con su estrategia.
Y me dirán que sí, que qué noble es su tarea. Qué noble también era el socialismo del siglo XXI. Ni la guerra contra las drogas ni el socialismo del siglo XXI funcionan — esa es otra cosa que une a Noboa y a Correa: la completa negación de la realidad. Pero el mayor problema del Ecuador no es Correa, ni Noboa, ni Alarcón — ellos son síntomas, y siempre van a existir. El mayor problema es que Ecuador se ha convertido en tierra fértil de parásitos. Son los parásitos los que nos siguen gobernando: a los pocos cooperadores que han llegado al poder, se los han comido vivos.
¿Cómo es el cooperador?
Los cooperadores no somos tontos porque no cooperamos con cualquiera. Una de las ideas más importantes y poéticas sobre la cooperación es que genes egoístas pueden producir criaturas generosas, siempre y cuando sean selectivas con su generosidad.
Mientras describo a los parásitos se activan mis emociones morales. No puedo evitar sentir ira. Y es que soy producto de millones de años de evolución que identificaron que al ser humano le favorecía la vida en sociedad y nos programaron para eso. Es simple: quienes cooperaban tenían la protección y los recursos del grupo, y por lo tanto, más posibilidades de sobrevivir y pasar sus genes a nuevas generaciones. Con esa lógica, la evolución nos dotó de emociones morales para vivir en grupos: una de ellas es la ira contra los parásitos. Lógico: los parásitos amenazan nuestra supervivencia.
Hagamos una prueba. Imagínense que llevan tiempo haciendo fila para girar a la izquierda. Van tarde al trabajo, solo tienen que pasar en el siguiente verde. El semáforo cambia, es su turno. De repente llega un carro amarillo de la nada, gira a la izquierda, casi les choca, pierden su turno. El parásito ganó: no hizo la fila. Ira. Ahora imagínense que pasan el semáforo y ven al carro amarillo detenido por la Policía: lo van a multar. Placer. Tania Singer y sus colegas (2006), a través de escáneres cerebrales, encontraron que cuando vemos sufrir a alguien justo —un cooperador—, se activan las áreas de empatía. Nos duele con ellos. Cuando vemos sufrir al tramposo, se enciende el circuito de recompensa. Nos gusta. Castigar al parásito se siente bien. Literalmente.
Los cooperadores no somos tontos porque no cooperamos con cualquiera. En biología evolutiva se habla de que los genes son “egoístas” — solo pueden influir en un animal para que haga cosas que propaguen copias de ese gen. Pero una de las ideas más importantes y poéticas sobre la cooperación es que genes egoístas pueden producir criaturas generosas, siempre y cuando sean selectivas con su generosidad. Robert Trivers lo llamó altruismo recíproco: somos generosos primero con nuestra familia, luego con nuestros cercanos, y después discriminamos — cooperamos con quienes han sido buenos con nosotros y rechazamos a quienes se aprovecharon. Eso es la cooperación: no es ingenuidad, es estrategia evolutiva. Y esto no es solo teoría. Robert Axelrod organizó un torneo en donde programas de computadora competían en un juego simple: cooperar o traicionar. Los que acumulaban más puntos se reproducían; los que perdían, morían. ¿El ganador? Un programa que hacía una sola cosa: copiar lo que el otro hizo. Si cooperas conmigo, coopero contigo. Si me traicionas, te traiciono.
Pero cuando Nowak y Sigmund (2004) introdujeron ruido —errores, malentendidos, la vida real—, los resultados cambiaron. Cada simulación empezaba en el caos. De ese caos, los parásitos dominaban primero: explotaban a todos. Pero en cuanto se quedaban solos, colapsaban — no tenían a quién explotar. Entonces emergían los cooperadores y los parásitos morían. Hasta ahí, justicia. Pero los cooperadores estrictos —los que castigaban sin perdonar jamás— también terminaban perdiendo: porque un solo malentendido desataba una cadena de castigos mutuos entre cooperadores que se destruían entre sí. ¿Quiénes ganaban al final? Los generosos: los que castigaban la traición pero que, ante un error, sabían perdonar. Castigar al parásito y perdonar al cooperador que se equivoca. Esa es la fórmula. Y el ciclo se repite. Siempre. Los generosos crean cooperación, de esa cooperación emergen nuevos parásitos, y el ciclo empieza de nuevo. Por eso: treinta y cinco veces vamos a hablar de la misma mierda. No es solo una letra de El Madrileño: es un resultado matemático. Es el ciclo de la humanidad.
Todos somos morales
La moralidad no es una brújula que apunta al Bien. Es una herramienta evolutiva: todos nacemos con la programación que nos permite tener emociones morales; pero el ambiente la calibra. Así como nacemos con la capacidad de adquirir lenguaje, pero no hablando español, nacemos con capacidades morales, pero no con las reglas específicas de cooperación.
La pregunta no es si los parásitos van a aparecer — siempre van a aparecer. Y el ciclo se va a cumplir. La pregunta es si los cooperadores tenemos las herramientas para que el ciclo no nos destruya cada vez. Pero para eso, hay que entender algo incómodo: todos los seres humanos nacemos con cableado moral. Todos. Incluyendo a los parásitos. Cuando digo que el parásito es moral, no es un elogio — es un diagnóstico. La moralidad no es una brújula que apunta al Bien. Es una herramienta evolutiva: todos nacemos con la programación que nos permite tener emociones morales; pero el ambiente la calibra — la famosa interacción entre naturaleza y ambiente. Del mismo modo en que nacemos con la capacidad de adquirir lenguaje, pero no hablando español o mandarín, nacemos con capacidades morales, pero no con las reglas específicas de cooperación. Esas las instala el ambiente.
Joseph Henrich y sus colegas lo demostraron estudiando quince sociedades en todo el mundo — desde cazadores-recolectores en Tanzania hasta comunidades en la Amazonía ecuatoriana. Les pusieron a jugar juegos económicos simples: decidir cuánto compartir con un desconocido, o gastar tu propio dinero para castigar a un tramposo. Los mismos juegos, resultados distintos. ¿Qué explicaba la diferencia? No la genética, no la raza, no la inteligencia: el ambiente. Las sociedades donde la gente dependía de otros para comerciar, trabajar y sobrevivir cooperaban más y castigaban más al tramposo. Las más aisladas, menos. En el extremo, Nancy Scheper-Hughes lo documentó en las favelas del nordeste de Brasil: madres que no lloraban la muerte de sus hijos. No por crueldad, sino porque vivían en un lugar donde era normal tener doce hijos y perder nueve. Su moralidad no desapareció — se adaptó. La herramienta hizo su trabajo: las mantuvo fuertes para priorizar a los sobrevivientes.
Y si la herramienta se adapta al ambiente en Brasil, se adapta al ambiente en Ecuador. Hay dos preguntas que nos tenemos que hacer. La primera: ¿qué ambiente estamos generando? Porque si Henrich tiene razón, el ambiente determina cuánto cooperamos y cuánto castigamos al tramposo. Un país que no castiga a sus parásitos genera el ambiente perfecto para producir más. La segunda: Trivers nos enseñó que estamos diseñados para cooperar selectivamente — solo con quienes nos han demostrado reciprocidad. Entonces: ¿con quién te sientes obligado? El grupo de personas con las que te sientes obligado se conoce como el círculo moral — las personas a las que tu cerebro trata como fines y no como medios. ¿Hemos construido una sociedad que amplía ese círculo o lo contrae? Ecuador, como sociedad, lo contrae cada día más: es muy común que solo valga el bienestar individual y, a lo mucho, el de la familia. El resto no entra en la ecuación. El resultado: ganan los parásitos: por eso son presidentes.
Lo que podemos hacer
Ampliar el círculo moral. Eso no significa generar un patriotismo vacío. Lo que hace falta es entender que nos debemos cosas. Nos debemos pagar impuestos. Nos debemos ejercer nuestra carrera con honestidad y con excelencia. Nos debemos tratarnos como fines y no como medios. Nos debemos informarnos sobre la realidad del país. Nos debemos aprender historia para no venerar a los Fabianes Alarcones. Nos debemos tomar un Uber si tomamos alcohol. Nos debemos seguir las reglas. Nos debemos no coimar al policía. Nos debemos trabajar duro por las generaciones que vienen. Hace falta que entendamos que tenemos obligaciones por haber nacido en esta tierra: eso no es una debilidad, es nuestra fortaleza.
Ecuador necesita castigar a los parásitos — sin eso no hay cooperación posible. Y necesita que los cooperadores, los que estamos cansados, los que seguimos las reglas, los que pagamos impuestos, los que no coimamos al policía, dejemos de pelearnos entre nosotros y empecemos a construir juntos. En las simulaciones de Nowak y Sigmund, los que ganaban no eran los que nunca perdonaban — esos se destruían en ciclos interminables de venganza. Tampoco los que perdonaban todo — esos eran devorados por los parásitos. Ganaban los generosos: los que castigaban al tramposo pero a veces tendían la mano. Ecuador necesita las dos cosas.
Cooperadores del Ecuador, uníos. Hoy el parásito en el poder se llama Noboa; ayer se llamó Correa. Que el siguiente sea un cooperador depende solo de nosotros. Si no nos unimos, vamos a perecer. No lo digo yo: lo dice la ciencia. Y si no hacemos algo distinto, que suene C. Tangana, porque treinta y cinco veces vamos a seguir hablando de la misma m….
Escrito en honor a Robert Trivers (1943–2026), quien nos enseñó que genes egoístas pueden producir criaturas generosas. Falleció el 12 de marzo de este año. Su trabajo vive en cada acto de cooperación. Este artículo fue publicado originalmente en: https://karensichel.substack.com/p/treinta-y-cinco-veces y lo reproducimos completo, con la autorizacion de Karen Sichel.




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