Así fue el naufragio del Spondylus en Galápagos
- Juan Carlos Calderón

- 2 mar
- 18 Min. de lectura
Juan Carlos Calderón, editor de Plan V, presenta su testimonio sobre el naufragio en Galápagos
Estuvimos con mi familia en ese barco, en el naufragio del 19 de febrero. Los hechos se dieron para que fuera una tragedia mayor, pero también se dieron para que sobreviviéramos todos, menos el capitán, lamentablemente. Este es nuestro testimonio de esa pesadilla no solo por el incidente que pudo costarnos la vida, sino también por la indolencia y el descontrol de las autoridades de las Islas.

Viajamos el 18 de febrero de Quito a Puerto Ayora, Santa Cruz, en las Galápagos. Fuimos a celebrar el cumpleaños de nuestra hija menor. El día siguiente era su cumpleaños y ella pidió que estemos juntos en el paseo que más le gusta: ir a Playa mansa, en Tortuga Bay, a pasar el día. Iríamos en lancha porque a pie el camino es muy largo y mi esposa tiene problemas en sus rodillas. Así que compramos un ticket en la caseta cercana al embarcadero, que está autorizada para hacer la ruta marítima a Tortuga Bay. Compramos el boleto de las 11:30 y el de regreso a las 16:30, 20 dólares por persona, ida y vuelta.
Al salir, a la hora señalada, fuimos en la lancha Spondylus y vimos al capitán, un hombre veterano. Subimos a la lancha unas diez personas, nadie nos exigió que usemos chaleco salvavidas, no hubo un marino en el zarpe, nadie nos preguntó el nombre ni el número de cédula; nada. Solo subimos y llegamos sin novedad. La lancha se pegó a la roca para que podamos descender, ahí en Playa mansa, a pesar de la enorme cantidad de turistas, no hay una sola facilidad portuaria para los pasajeros y las naves. Pasamos por un “muelle” de roca volcánica y accedimos a esta hermosa y tranquila ensenada. Llevamos nuestros documentos, dinero y demás porque el plan era regresar y de una irnos a cenar con las amigas y amigos de mija y celebrarle el cumpleaños. Pasamos una jornada hermosa, hicimos kayac y vimos de cerca decenas de tortugas y tiburones pequeños que saltaban fuera del agua haciendo maniobras como un sacacorchos y mostrando sus vientres blancos, un espectáculo, y cuando pasado el mediodía hubo pleamar disfrutamos del agua cálida y tranquila.
El naufragio
A las 16:30 estábamos en las rocas esperando al Spondylus. No llegaba y media hora después, a las 17H00 empezó a llover intensamente, y nubes negras nos cubrieron, el mar se empezó a agitar. Entonces llegó la lancha unos 15 minutos después y ya estábamos esperando cerca de treinta personas, porque era el último turno de regreso. Cuando se acercó a las rocas, la proa de la lancha se golpeó, hubo un ruido fuerte, pero nada más. Subimos todos en medio del aguacero intenso. Nosotros nos sentamos primeros junto a la puerta de acceso a la popa, que estaba debajo del puesto de mando del capitán, donde no llegaba la lluvia; nos ajustamos para que tres niños pequeños, estadounidenses se sentaran junto a su madre. Eran los únicos que llevaban chaleco salvavidas propios. Los demás no nos pusimos, tampoco nadie de la lancha lo exigió, ni siquiera nos pidieron los tickets de regreso. Había dos miembros de la tripulación, con radios en las manos, que nos acomodaron como pudieron y zarpamos. Tampoco había un marino o alguien que vigilara ese zarpe.
El mar estaba muy agitado y había poca visibilidad por la lluvia. Pero la lancha agarró una buena velocidad y se internó hacia el océano una vez que salió de la ensenada de Playa mansa, pasamos Playa brava a los lejos y el viaje era agitado. Serían unos diez minutos después cuando sentimos que uno de los motores se paró, como un golpe seco que agitó la lancha, los niños empezaron a llorar y alguien dijo pongámonos los chalecos, que estaba estivados en la parte superior de la cabina, que era semi abierta en la popa. La lancha hizo unos ruidos extraños pero mantuvo la velocidad con un solo motor. Se agitaba demasiado, y ya estábamos asustados. Luego el segundo motor se detuvo con otro golpe que nos sacudió a todos, y empezó un bamboleo horrible a merced de las grandes olas. Estábamos, calculo, a unos 400 metros de la costa. Luego llegó el caos. Escuché, lo juro, un crujido terrible, como que el casco se partió y luego entró una enorme ola que nos sacudió a todos. Los niños gritaban, las mujeres lloraban y todos estuvimos aterrados, y luego entró una segunda ola que viró la lancha y la partió; alcancé a romper una ventana que estaba semi rota y alcancé a ver a mi esposa, lejos de mí, atrapada por la puerta de la cabina, no podía salir, había terror en sus ojos muy abiertos, intentaba empujar la puerta, pero el peso del agua y la gente la mantenía atrapada, grite a mi hija: «tu mami, ayuda a tu mami». Mi guagua se lanzó de una a sacarla, no supe cómo lo hizo, pero la liberó. Luego mi esposa contaría que vio cómo ella fijó sus piernas de andinista contra una pared del barco e hizo palanca con su cuerpo para liberar a su madre. Le salvó la vida. Yo logré subir por la ventana rota y alguien desde adentro me pasó a un niño, lo levanté con todas mis fuerzas y lo lancé al agua, luego otro, lo tuve entre mis manos mientras el barco se hundía, luego apareció su papá desde el agua y se lo entregué. Vi con enorme alivio a mi hija y a mi esposa ya en el agua con sus chalecos y me quedé ahí, quieto sin saber qué hacer, hasta que escuché sus gritos para que salte al mar. Salté, ya no había nadie en el barco. Agitados por las olas, los tres juntamos nuestras manos, sin una sola lágrima, ni un sonido, solo fue vernos a los ojos muy abiertos, con la decisión de vivir. Entonces vimos un cuerpo junto a nosotros, boca abajo, a unos cinco metros, que flotaba sin chaleco salvavidas; está muerto, les dije, avancemos juntos. Veíamos lejos la costa, unas rocas donde chocaban las olas. Regresamos a ver a otros grupos que avanzaban junto a nosotros o más atrás. Pataleamos y nadamos contra las olas, pero la pleamar nos ayudó a ir saliendo. Llegamos luego una media hora de pataleo hasta las piedras volcánicas.
Como mi esposa y mija perdieron sus zapatillas, las rocas les lastimaron las piernas y los brazos, no podíamos pararnos por la fuerza de la rompiente. Al final lo logramos. Ya había un pequeño grupo a salvo en un pequeño vado, avanzamos hasta ellos. Vimos a los niños tiritando del miedo y la hipotermia, ya se había puesto el sol. Dejamos a mi esposa a salvo y con mi hija volvimos a las rocas a ayudar a los demás en las rocas, lo propio hicieron los que podían. Así sobrevivimos 19 personas en ese grupo: Una familia joven de Estados Unidos, con sus tres niños chiquitos, un grupo grande de italianos, de Torino; una pareja de peruanos, un joven suizo que no encontraba a su familia, y los demás ecuatorianos. Otro grupo, más de cinco, llegó a otro lado, a unos cien metros sobre las rocas y eran los familiares del muchacho suizo que en ese momento le volvió el alma al cuerpo. Regresé a ver al mar, ya no estaba nadie. Vi entonces la proa del barco sobre las rocas, lejos de nosotros, lo único que había quedado de los golpes de las olas; la lancha fue destrozada. Otros restos del naufragio flotaban por ahí. Alguna gente mantuvo en la mano sus pertenencias, nosotros lo perdimos todo. En ese momento no piensa uno en nada de eso, solo llora, mi esposa empezó a llorar, mi hija, yo, todos los demás, nos abrazamos, nos confortamos, alguien dijo estamos vivos, gracias a Dios estamos vivos.
Como mi esposa y mi hija perdieron sus zapatillas, las rocas les lastimaron las piernas y los brazos, no podíamos pararnos por la fuerza de la rompiente. Al final lo logramos.
El rescate
El padre de la familia estadounidense había mantenido su teléfono en el bolsillo. Milagrosamente funcionaba, marcó al 911 y nadie le entendió, se limitaron a decir que esa era una línea extranjera; nos pasó el teléfono, me identifiqué y reporté el naufragio, me pidieron nombre y número de cédula. Enseguida lo reportamos dijo un hombre tras la línea, no se vaya. Minutos después no pasó nada, volví a llamar, contestó otra persona, el mismo trámite. Luego, por obra de algún milagro el radio portátil de alguien de la tripulación apareció en nuestras manos. Grité preguntando de quién era la radio, un pasajero ecuatoriano llamado René la había recuperado. Entonces aplasté y el botón de hablar y se me vino Hollywood a la cabeza: Mayday, Mayday, dije en automático, nadie respondió. Luego intenté de nuevo y reporté el accidente: tuvimos un naufragio viniendo de Tortuga Bay, la lancha se hundió, ayúdenos. Alguien respondió en palabras clave incomprensibles para mí. Repetí el mensaje, a misma respuesta, perdí la paciencia y mija retomó la comunicación. Insistió y logró comunicarse bien, entonces reportó el naufragio y la posible ubicación, porque ella conoce la isla; le escuché más o menos una referencia acerca de El Puntudo, el monte que corona la isla y cuya cumbre se podía ver desde donde estábamos. De ahí en adelante ella se haría cargo de coordinar el rescate. Recibía los mensajes desde la radio y los comunicaba en inglés a todos los turistas extranjeros, y luego repetía en español. Lo hizo durante unos diez minutos o más pidiendo que nos mantuvieran juntos, porque los italianos querían salir de ahí a pie y otros querían que les enviaran un helicóptero, y en eso estábamos hasta que ella anunció que los rescatistas ya venían en camino y que tenían nuestra ubicación. Tuvimos que esperar un buen tiempo más hasta que alguien del grupo vio unos barcos por el horizonte, en medio de la bruma y la obscuridad. Como yo había perdido mis lentes todo era niebla gris obscura para mí. Se hizo de noche y fue cuando alguien pidió a quienes tuvieran celular prendieran las linternas, dos celulares se prendieron, los agitaron y nos sacamos los chalecos y los agitamos en el aire. Un barco, con la proa hacia nosotros, a unos 500 metros calculo, prendió y apagó las luces, ya era de noche, nos habían localizado. Gritamos de la alegría. Tras otra serie de mensajes, mi hija nos avisó que el rescate llegaría por tierra, porque en el sitio donde estábamos era imposible hacerlo con los barcos, por las rocas y la marea, e insistió en que permanezcamos juntos. Esperamos una media hora hasta que los miembros de la Armada y de la Cruz Roja mostraran sus linternas acercándose. Los recibimos con abrazos y los rodeamos, nos preguntaron si había heridos, o si alguien se sentía mal. Los heridos se sentaron para ser atendidos, mientras los del grupo que estaba a unos cien metros de distancia era rescatado también.

Llegaron sin mantas. El rescate, sin embargo, estuvo a cargo de una paramédico, una pequeña mujer con una enorme mochila de auxilio y enormes facultades para tranquilizar a la gente, atenderla y poner oficio a los varios marinos que se quedaron parados sin hacer nada. El problema mayor era cómo trasladar a pie a un grupo tan grande, la mayoría de personas descalzas por entre las rocas de lava, los cactus, las plantas espinosas y la oscuridad. Así que a mija y a la paramédica, que se conocían, se les ocurrió sacar la esponja de los chalecos y usarla como plantilla, así se improvisaron unas 20 zapatillas sostenidas con vendajes médicos, que ayudamos a fabricar mientras los marinos nos alumbraban con sus linternas. Cuando la paramédico les reclamó su ociosidad le dijeron que estaban sosteniendo las linternas. Así que les dio tarea: cortar las correas de los chalecos para hacer las sandalias de esponja, porque las vendas se habían terminado. Ellos después cargarían a los niños por la ruta de piedras y los demás rescatistas nos llevarían en fila india, lentamente, hasta las lanchas que habían acoderado en Playa masa, que fue por donde entraron caminando a rescatarnos. Ese camino fue penoso, más de uno se lastimó con los cactus y los espinos, a otros se les salieron las zapatillas de esponja y tuvimos que parar hasta solucionar el tema. Un pasajero peruano se puso mal y tuvieron que acompañarlo entre dos personas. Finalmente nos trasladaron en cuatro viajes en un bote zodiac y subimos a lanchas grandes, donde nos dieron agua, nos hablaron con amabilidad, porque cuando el barco empezó a moverse y a realizar el mismo recorrido del naufragio, casi todos volvimos a llorar.
Cuando la paramédico les reclamó su ociosidad le dijeron que estaban sosteniendo las linternas. Así que les dio tarea: cortar las correas de los chalecos para hacer las sandalias de esponja.
Perplejos, asustados, agradecidos, conmovidos, irritados… Llegamos al embarcadero de Puerto Ayora en medio de luces de emergencia, ambulancias, carpas, ahí sí estuvieron los marinos para darnos la bienvenida en fila india, casi todo el pueblo estaba en el puerto, muchos de ellos amigos del capitán, el señor Fausto Lara, el único ahogado en el naufragio, muy querido y respetado por la comunidad y los marineros locales. Una de las pasajeras italiana contaría luego cómo el capitán intentó maniobrar la nave sin éxito y al verse ya al borde de la muerte gritó a los pasajeros que se alejaran del barco. La pasajera y su familia: mamá, papá y hermano, habían viajado en la parte superior de la lancha, y ella contaría luego que vio cómo esta chocó contra unas rocas, empujada por la fuerza de las olas y el golpe rompió los motores, y cómo su padre cayó al agua y no lo vieron más y cuando la nave empezó a hundirse tampoco encontró a su madre. Desesperada se lanzó al agua y miró cómo el capitán colgaba de una de las partes de la lancha. Ella fue la última que lo vio con vida, su último testigo, antes de reunirse en el mar con su familia y avanzar a las rocas.
Cuando arribamos nos sentaron en sillas debajo de una carpa tipo hospital y nos rodearon mujeres y hombres de la Cruz Roja. Para nosotros era imperativo hablar con nuestra hija que vive en EE.UU. y suponíamos que, a esa hora, las diez de la noche, estaba desesperada: la noticia ya era mundial y nadie sabía de nosotros, precisamente porque nunca estuvimos en una lista de zarpe en el viaje de retorno y las primeras versiones, sin confirmar, hablaron de cinco fallecidos. Nos preguntaron nombres y cédula y dos de las amigas de mija, de Puerto Ayora, se dieron modos para que a través del cerco policial alguien les dijera que estábamos vivos. Luego de unos 30 minutos en esas, alguien del municipio nos preguntó si necesitábamos algo más, porque nuestra camioneta estaba lista para llevarnos a nuestro domicilio. Cuando la camioneta arrancó con nuestras humanidades exhaustas, aparecieron dos amigos de mija y nos alcanzaron a través de la ventana una funda de plástico. La abrimos: dos Gatorades y una mano de guineos. El regalo más hermoso de bienvenida a la vida. Los de las Cruz Roja también nos habían dado agua, un caramelo, y nos permitieron llevarnos las toallas que nos pusieron sobre los hombros cuando llegamos. Eso fue todo, de las demás autoridades: un gusto en conocerlos, a excepción de una funcionaria de la alcaldía que lideró un grupo de funcionarios de rango medio que no nos descuidó en ningún momento. Las autoridades responsables no dieron la cara, ninguna, porque, además, nadie en esa multitud de policías, marinos, rescatistas, médicos, nadie nos tomó una declaración ni preguntó qué nos había pasado o cómo fue el naufragio.
Ya cerca de la media noche, luego de casi seis horas de tensión, nuestra hija desde EE.UU. me envió un mensaje extraño: papá, tu teléfono está vivo, en las rocas de Tortuga Bay, y me envió la captura de pantalla del localizador del teléfono. No nos reponíamos de la sorpresa, cuando me envió un segundo mensaje: tu teléfono está caminando por el parque nacional. Efectivamente, según la captura de pantalla, el teléfono aparecía junto a las instalaciones del parque. Así que de inmediato —desde el teléfono de mi esposa, que no lo había llevado al paseo— llamamos a la funcionaria municipal que amablemente me había dado su número por cualquier necesidad, y le informé del hallazgo. Nuestra esperanza no solo era recuperar mi celular, sino también el de mi hija, que estaban juntos en la misma mochila, que además tenía los documentos y que tuvimos que soltar para salvar la vida. La funcionaria se puso en acción de inmediato y una hora después apareció en la puerta de nuestro hospedaje junto a un policía, quien nos entregó los dos celulares iPhone ya limpios. Otro milagro: ambos funcionaban. Me explicó que en la inspección que hicieron por las rocas luego del naufragio encontraron una de las dos mochilas que llevábamos, y rescataron los celulares, pero la mochila estaba llena de diésel y solo había ropa. Y que no recogieron la mochila. Lo cual me sorprendió y se lo dije: las normas dicen que hay que recoger todos los restos de un naufragio como evidencia y para limpiar el parque. Me dijo que era muy de noche y no podían caminar bien y que rescataron lo que les pareció valioso. No me quiso dar su nombre, pero igual le agradecía el haber llegado con los dos teléfonos y también a la funcionaria. Así que pusimos los teléfonos en arroz, para secarlos, y funcionaron muy bien al día siguiente.
Se puso a la más a la defensiva cuando le preguntamos que quién nos respondía por nuestras pérdidas y si hubiéramos muerto quién respondía a nuestros familiares. Comprenda, nos dijo, que nosotros somos familias que tenemos que comer.
Las (no) respuestas
Más allá del impacto físico y emocional, al día siguiente tuvimos que llegar hasta la sucursal del Banco para anular las tarjetas de crédito, débito y demás documentos que habíamos perdido en el mar. La amabilidad de las ejecutivas del Banco Pichincha fue notoria y nos facilitaron las gestiones. También hicimos la denuncia electrónica en la página del Consejo de la Judicatura para denunciar la pérdida de nuestros documentos de identidad y ciudadanía. El hecho es que debíamos viajar de vuelta a Quito el martes de la siguiente semana, y las cédulas se demoran quince días en llegar a Galápagos. Lo de la licencia ni hablar, como el gobierno cerró al ANT no se podía tramitar un nuevo documento. Así que ni modo; aprovechamos el día para descansar, recuperarnos, lo mismo que el fin de semana. El viernes, luego de los trámites bancarios, fuimos a la caseta donde venden los pasajes de lancha a Tortuga Bay a preguntar si habían encontrado algo más del naufragio y si alguien nos respondía por esto. Una jovencita contestó, nerviosa y con evasivas, a nuestras preguntas: no tenemos nada que ver con el naufragio, nosotros somos otra empresa. Dijo que cada lancha se responsabiliza de los pasajeros. Nos informó había un día de la semana asignado para cada lancha, que se turnaban y que como se murió el capitán, que era el dueño de la lancha, no sabían nada. Se puso a la más a la defensiva cuando le preguntamos que quién nos respondía entonces por nuestras pérdidas y si hubiéramos muerto quién respondía a nuestros familiares. Comprenda, nos dijo, que nosotros somos familias que tenemos que comer. La respuesta nos desarmó. Luego nos dijo que pidamos información a la marina, en la Capitanía del Puerto, que estaba ahí mismito a pocos pasos. Encontramos a dos marinos pasando inspección a una larga fila de turistas extranjeros. Hablé con los dos, les expliqué nuestra situación y nuestra extrañeza de que nadie de la Armada, el día del naufragio había estado presente en nuestro zarpe. Se pusieron a la defensiva y hasta mal educados. Pero usted debió haber visto que el barco salió bien, me dijo, alzando la voz. Le respondí, conteniéndome, que yo era turista y que no era mi trabajo inspeccionar el barco, que ese trabajo era de ellos. Se molestó y me dijo que hablara entonces con el capitán del puerto, que por cierto nunca nos dio la cara cuando naufragamos, «si es que le dejan pasar de la garita de guardia». No nos dimos la molestia de entrar a esa pelea, sobre todo por cansancio. No estábamos bien físicamente, estábamos golpeados, lastimados por las rocas, agarrotados los músculos y aún conmocionados, con un cansancio permanente, tanto que cada paso nos costaba. Pero seguimos buscando respuestas. El lunes fuimos en familia a hablar con la funcionaria municipal que se había apersonado de nuestra situación el jueves pasado y de cada uno de los pasajeros de la lancha. Nos recibió de inmediato en la alcaldía de Puerto Ayora, cuya alcaldesa tampoco dio la cara en esos días, donde nos reunimos con unos cuatro funcionarios locales y delegados, por ejemplo, de la Secretaría de Riesgos, del viceministerio de Turismo… No voy a detallar las casi dos horas de la reunión, pero en resumen pude comprender que las explicaciones y justificaciones dadas por estos funcionarios fue que cada uno tenía su competencia, su propio feudo digamos, donde la otra entidad no se metía. Por ejemplo, dijo la funcionaria de la Alcaldía, no es mi competencia haberme preocupado por la situación de las víctimas del naufragio, pero lo hice junto a otras compañeras de otras entidades como una decisión personal. En la conversación, entre ellos mismo se confundieron sobre cuál era la competencia de cada entidad. En suma, que en la operación del Spondylus, actuaban al menos seis entidades: la marina, la alcaldía, la Secretaría de Riesgos, el parque nacional, el viceministerio del Turismo, el Consejo de Gobierno… Mi pregunta fue entonces: como víctimas del naufragio, ¿quién nos responde? Si hubiéramos muerto, y dado que nadie nos puso en lista alguna en el zarpe, que no tenían nuestros nombres y nuestros documentos se hundieron en el mar, ¿qué le hubieran respondido a nuestros familiares y amigos? Se miraron las caras, en silencio… Así, cada entidad tiene la oportunidad de lavarse las manos, de echarle la culpa al otro, lanzarse la pelota, justificar su inacción y, peor, diluir las responsabilidades ante tragedias como esta. El tono de la conversación derivó incluso a criterios como que los turistas no escogen bien a los operadores, que son las empresas las que deben responder por sus pasajeros. Un poco más y nos decían que el naufragio fue nuestra culpa por haber ido a Galápagos. Les hicimos notar eso y les dije que si alguien en adelante me preguntaba si era bueno ir a Santa Cruz, le diría que no; le diría que su vida, la vida del ciudadano común del Ecuador valía nada, o era muy poco para un mecanismo dispuesto para sacarle lo máximo de dinero al turista, a cambio de nada por parte del Estado. La vida, les dijimos a los funcionarios en Puerto Ayora, es el bien más importante, es la persona, no el negocio. Por favor, no nos haga quedar mal, nos pidió la funcionaria de la alcaldía.
Los funcionarios nos dejaron con la penosa impresión de que en Galápagos, como en el resto el país, el ciudadano común, el contribuyente que con sus impuestos financia esa administración, no vale nada para el aparato burocrático, civiles y militares. Que el ciudadano está indemne y vulnerable y no vale nada para el Estado porque esa administración está absolutamente segura que no va a pasar nada con este naufragio, como con ningún otro; que los resultados de la investigación anunciada jamás se llegarían a saber y nosotros, las víctimas, nunca tendríamos ni siquiera una disculpa como compensación. Y que si a alguno de nosotros, los 28 que estuvimos en ese barco, se nos ocurriera denunciar algo en la Fiscalía, pues tampoco serviría de nada, porque el deporte favorito es taparse unos a otros. Como les ocurrió a los pasajeros que denunciaron el naufragio de la lancha Angy, más de tres años atrás, en similares circunstancias y que siguen naufragando en la impunidad de las islas y del Ecuador. Porque con la lancha Angy, que pasó a mayores con cuatro turistas ahogados, se ofrecieron cambios, mayores controles, más cuidados, se anunciaron medidas, y todo quedó en nada, todo se relajó de nuevo para que la lancha Spondylus tres años después vuelva a naufragar en el mismo pozo profundo.
La única buena experiencia que tuvimos fue en el Registro Civil de Puerto Ayora, a donde acudí con mi esposa y mi hija a sacar la cédula digital, lo cual un joven funcionario hizo de una manera amable, rápida y solícita.
Y nos quedamos con otra duda. Nosotros, que habíamos pagado cada uno 20 dólares de una tarjeta de turismo en el aeropuerto de Quito y 30 dólares para cada uno para entrar a Galápagos y que cada extranjero paga 20 en Quito y 200 en las islas, no teníamos derecho a nada, ni siquiera a una explicación. Porque la atención de las autoridades, en nuestro caso, terminó la noche del naufragio, en los días siguientes nadie corresponsable en Santa Cruz preguntó nada, si necesitábamos algo, cómo debíamos hacer con los documentos perdidos, cómo nos podían ser de ayuda. La única buena experiencia que tuvimos fue en el Registro Civil de Puerto Ayora, a donde acudí con mi esposa y mi hija a sacar la cédula digital, lo cual un joven funcionario hizo de una manera amable, rápida y solícita. Cédula digital, nos daríamos cuenta después, emitida por el Registro, que es válida en todo el país pero que nadie acepta, ni las líneas aéreas, ni en los bancos ni en ninguna parte de la República de papel que somos.
La vida. Un reciente comandante general de la Armada, ahora en servicio pasivo, que me honra con su amistad, me llamó un día después del naufragio a ponerse a las órdenes. Me explicó técnicamente las circunstancias del naufragio, la enorme irresponsabilidad de haber zarpado pasadas las 17:00 en medio de una tormenta, lo peligroso de ese sector del mar a esa hora, zona que no tiene una sola ayuda para la navegación y menos un faro, y me dijo sin anestesia que fue un milagro que no muriéramos y que la responsabilidad es totalmente de la Armada, porque su misión Constitucional es velar y garantizar la seguridad de la vida en el mar. Y que cuidar la vida en el mar estaba por encima de cualquier entidad o ley o argumento, y que la marina ecuatoriana debió responder por ello. Me dijo que hablaría con el máximo responsable en servicio activo, que le daría mi teléfono para que me llame y darle mi testimonio, pero el alto oficial nunca me llamó.
A los siete días del naufragio volvimos a Quito. Con muchas lágrimas al dejar a nuestra hija y con una mayor preocupación por su seguridad. De los pasajeros del Spondylus no supimos más que los peruanos habían cancelado su estadía en Galápagos y volvieron de inmediato al Perú, perdiendo todos sus papeles y teléfonos y sin explicación alguna. En los días post naufragio nos cruzamos en por coincidencia con algunos náufragos: los jóvenes estadounidenses y sus tres pequeños hijos estaban almorzando pescado con papas fritas en un restaurante del malecón, celebraban su aniversario de bodas. Se levantaron al vernos para abrazarnos, a ella se le inundaron los ojos. También ellos vieron la muerte y salvaron a su familia y sobre todo a sus niños. Mi esposa se conmueve siempre que los piensa: no sé cómo hicieron para salvar a sus hijos. Esos papás, tan valientes… Ser padre y madre exige valor, un valor que es más grande incluso que el amor. Se alegraron de vernos, como nosotros de verlos. Lo mismo con la familia italiana, una hija y un hijo ya grandes. También nos abrazamos en el muelle, ellos volvían de la isla Isabela, a dos horas en mar; después de lo que pasaron les dijimos que eran muy valientes y que a nosotros nos costaría más tiempo vencer el miedo de subirnos a una embarcación. Intercambiamos teléfonos, sonrisas, abrazos y humanidad. Los recordaremos siempre.
Este testimonio fue publicado en Plan V, lo reproducimos con autorización de su autor.



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