Cuando el mar no se contiene: Manglaralto frente a las nuevas reglas del financiamiento climático
- Franklin Vega
- hace 4 horas
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El crédito “verde” de la Agencia Francesa de Desarrollo redefine qué obras pueden financiarse en Ecuador. El caso del malecón proyectado en Manglaralto, provincia de Santa Elena, revela una tensión creciente: infraestructuras tradicionales, pensadas para contener el mar, chocan con estándares internacionales que priorizan resiliencia climática y protección de ecosistemas. Aún no conocemos cómo el Banco de Desarrollo del Ecuador B.P. entregó una línea de crédito para una iniciativa que no cumple no lo mínimo que ellos mismo solicitan.

En diciembre de 2024, la Agencia Francesa de Desarrollo (AFD) y el Banco de Desarrollo del Ecuador B.P. firmaron un crédito por USD 80 millones para financiar infraestructura local en Ecuador. No es un préstamo cualquiera: está diseñado para impulsar proyectos “verdes”, resilientes y compatibles con estándares ambientales europeos.
Pero ese mismo contrato abre una pregunta incómoda. ¿Qué tipo de obras ya no son financiables con deuda pública internacional? El caso del malecón proyectado sobre la playa de Manglaralto, en la provincia de Santa Elena, permite ensayar una respuesta.

En la política local el Ecuador, los malecones siguen siendo sinónimo de progreso. Ordenan el borde costero, atraen turismo y ofrecen una imagen tangible de gestión. Son obras visibles, inaugurables, pensadas también para la fotografía. Pero detrás de esa promesa hay una lógica más antigua: la idea de contener al mar como si fuera estático. Y es ahí donde empieza el problema. Pueden escuchar la entrevista de Monika Silva al arquitecto Luis López en la que desmenuza la mentira de la protección del malecón ante el incremento del nivel del mar.
El crédito de la AFD introduce un principio que cambia las reglas en el financiamiento: no causar daño significativo al entorno. No es una declaración simbólica, sino una condición contractual. Esto implica que una obra ya no puede justificarse únicamente por su beneficio urbano si al mismo tiempo genera un impacto ambiental grave. Resolver un problema creando otro ya no es aceptable bajo las condiciones de este financiamiento.
En el caso del proyecto del malecón de Manglaralto, esa tensión no es abstracta. Es concreta y evidente. Así se demostró en la inspección judicial que se realizó el lunes 20 de abril.

“El propio contrato de financiamiento firmado por el Estado ecuatoriano establece que no se financiarán proyectos con impactos ambientales significativos. Un malecón sobre la playa, que altera la dinámica costera y afecta ecosistemas, difícilmente cumpliría ese estándar.”
Lo que no se ve en la publicidad del GAD de Santa Elena
Las playas no son superficies fijas, son ecosistemas en constante movimiento. La arena se desplaza, las corrientes redistribuyen sedimentos y los eventos climáticos reconfiguran la costa de forma permanente.
Un malecón rígido, como los que se construyen en la Costa del Ecuador, interrumpe ese equilibrio. La estructura refleja la energía del oleaje, acelera la erosión frente a sí misma y, en muchos casos, termina provocando la desaparición de la playa que buscaba proteger. Hay que darse una vuelta por Crucita (Manabí) y verificar los impactos de esas obras.
A eso se suman efectos menos visibles pero igual de críticos: la pérdida de zonas de anidación de tortugas marinas (como las carey en peligro crítico de extinción), la alteración de hábitats costeros y el aumento de la presión humana sobre ecosistemas frágiles. Lo que se presenta como protección se convierte, con el tiempo, en degradación irreversible.
El contrato AFD no solo exige proteger el ambiente. También estipula adaptarse al cambio climático. Y es en este punto donde el malecón revela su mayor debilidad. Estas estructuras suelen funcionar en condiciones normales, pero fallan ante eventos extremos. En una costa expuesta a fenómenos como El Niño, donde el oleaje aumenta, el nivel del mar se eleva y la energía costera se intensifica, las soluciones rígidas tienden a responder mal. A veces colapsan. Otras veces agravan el problema que intentaban resolver.
La otra cara de la deuda
Hay un elemento menos visible, pero igual de importante: la sostenibilidad financiera. Un malecón típico no es una inversión puntual, sino una obra que requiere mantenimiento constante, que puede deteriorarse rápidamente y que genera costos acumulativos en el tiempo.
Frente a esto, los estándares internacionales que acompañan este tipo de crédito priorizan otro tipo de soluciones: aquellas basadas en la naturaleza, con menores costos de ciclo de vida y mayor resiliencia a largo plazo, como la propuesta de una residente de Manglaralto que bogaba por un malecón ecológico, sin destruir la playa.
No se trata solo de ambiente. Es también una decisión económica.
Bajo las reglas acordadas por el BDE y la AFD, el margen para ciertos proyectos se reduce considerablemente. Un malecón construido sobre la playa activa, con lógica tradicional, altera la dinámica costera, afecta la biodiversidad, no responde adecuadamente al cambio climático y compromete recursos futuros. En términos técnicos, no es elegible para financiamiento de la AFD.
La discusión no es si se debe intervenir la costa, sino cómo hacerlo. El cambio no es de intención, sino de enfoque. Las soluciones que hoy encajan en este tipo de financiamiento priorizan la restauración de dunas, la infraestructura verde, los enfoques híbridos que combinan naturaleza e ingeniería, y la planificación territorial que respeta la dinámica costera. Son intervenciones menos espectaculares, pero mucho más duraderas.
La pregunta de fondo
El caso de Manglaralto revela algo más profundo: la deuda pública ya no es neutral. Los contratos de financiamiento no solo entregan recursos, también filtran proyectos, imponen estándares y terminan condicionando el modelo de desarrollo. En ese contexto, no todo lo que es políticamente atractivo resulta financieramente viable.
El debate no es técnico, es político. Está en juego la tensión entre la obra visible de corto plazo y la sostenibilidad real de largo plazo. Manglaralto no es un caso aislado. Es un síntoma. Un síntoma de un país que aún construye con la lógica del pasado, mientras las reglas del financiamiento —y del clima— ya cambiaron.




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