El animal más sonriente del mundo sigue en peligro de extinción

En la comunidad indígena de Martinica, en la frontera amazónica entre Ecuador y Perú, 46 familias organizan turnos para proteger a los delfines de río. La minería ilegal, las redes de pesca y el tráfico de fauna mantienen a estas especies en peligro crítico en Ecuador.
Por Carmen Jaramillo, estudiante de Periodismo de la Universidad San Francisco de Quito.
«Si tú ves las fotos de cualquier especie de delfín —casi del mundo— siempre son animales que están sonriendo», asegura Víctor Utreras, biólogo especialista en delfines. En la transición andino-amazónica de Ecuador, territorio que representa cerca del 2 % de toda la cuenca amazónica, habitan dos especies emblemáticas de cetáceos de río: el delfín rosado y el tucuxi o delfín gris.
En el corazón de esta dinámica territorial, la comunidad indígena de Martinica se ha consolidado como un ejemplo de conservación comunitaria de estas especies en la frontera entre Ecuador y Perú.
Juan Carlos Orellana, alcalde del cantón Aguarico, asegura que los habitantes de Martinica protegen «eso a morir» y a veces tienen problemas con los vecinos. «Para ellos es normal en su país hacer eso, pero el rato que se cruzan a nuestra jurisdicción tienen problemas», cuenta el representante local.
Una comunidad que protege a los delfines
Ubicada a una hora y media de navegación, bajando el río Aguarico y subiendo el río Napo, junto al límite de la Reserva de Producción de Fauna Cuyabeno, la comuna decidió asentarse en una confluencia estratégica cerca del antiguo destacamento militar de Cocaya, en la frontera con Perú.
El retiro de las fuerzas militares había dejado un paso libre para que cazadores furtivos procedentes del lado peruano ingresaran a extraer fauna silvestre como tapires, venados, guantas y monos, comparte Jairo Dea, guía local de la comunidad. Según Jairo, «nosotros nos instalamos aquí porque los vecinos peruanos ingresaban a hacer mucha cacería para dentro». Frente a este despojo, la población local organizó una guardia fronteriza.
Con el respaldo de las 46 familias de Martinica, la comunidad estructuró un sistema rotativo de custodia en el que dos comuneros son nombrados mensualmente como guardias para cuidar el sector, alimentar de forma controlada a los delfines y atender a los visitantes.
Esta actividad ecoturística genera un ingreso directo de entre USD 600 y USD 800 al mes por turno familiar mediante servicios de cabañas y gastronomía local, con platos como el maito de pescado, cuenta Dionisio Ajón, habitante de Martinica y padre de Raúl.
Raúl Ajón explica que en la zona se monitorean 22 delfines, de los cuales ocho acuden regularmente al muelle cuando se introducen campanillas metálicas en el agua o se emiten sonidos sobre la superficie.
Los guardias suministran únicamente raciones pequeñas de peces nativos —como bocachicos, palometas, pintadillos y pirañas— para garantizar que los animales no pierdan su capacidad de caza silvestre ni permanezcan en cautiverio, permitiéndoles navegar libremente hacia lagunas como Huito Cocha, afirma Ajón.

Dionisio Ajón prepara pirañas para alimentar a los delfines. Foto: cortesía de Eric Samson.
En el reglamento interno se prohíbe a los turistas nadar con los delfines rosados. Esta norma busca prevenir la transmisión de enfermedades causadas por productos químicos en la piel humana y evitar accidentes con animales del río, como anacondas o caimanes negros.
Amenazas que cruzan la frontera
Sin embargo, la persistencia de este refugio enfrenta serias presiones externas señaladas tanto por los comuneros como por el biólogo Juan Betancourt.
Betancourt afirma que, en la frontera peruana, la falta de controles efectivos favorece el enmallamiento accidental en redes de pesca, el tráfico ilegal de carne de fauna silvestre hacia Iquitos y el avance de la minería ilegal con mercurio hacia zonas intangibles.
Las estimaciones poblacionales manejadas por Utreras ubicaban la abundancia nacional del delfín rosado entre 200 y 250 individuos. Con una biología caracterizada por la longevidad, una baja tasa reproductiva y un período de gestación prolongado de 11 a 12 meses, ambas especies enfrentan una acelerada degradación de su hábitat hídrico por presiones humanas.
Para abordar este escenario de amenaza, en abril de 2025 el Ministerio del Ambiente, Agua y Transición Ecológica (MAATE) y WWF Ecuador presentaron el Plan de Acción para la Conservación de los Delfines de Río en el Ecuador 2025-2035, diseñado tras un proceso participativo con talleres en Quito, El Coca y Puyo.
Qué revela el primer estudio nacional
La vulnerabilidad crítica de estas especies fue ratificada mediante el primer estudio estandarizado a escala nacional, publicado en la revista PeerJ en julio de 2026 por Jessica Pacheco-Esquivel, Santiago Varela, Víctor Utreras y colaboradores.
A través de un esfuerzo de muestreo de 972,6 kilómetros en 11 ríos, bajo la metodología estandarizada de la Iniciativa de Delfines de Río de Sudamérica (SARDI), la investigación confirmó que ambas especies están clasificadas en Ecuador como En Peligro Crítico (CR).
Mientras el Plan de Acción establece las metas estratégicas de gobernanza, reducción de presiones y monitoreo comunitario para la próxima década, la reciente evaluación científica de PeerJ aporta la línea base cuantitativa indispensable para guiar esas intervenciones hacia las zonas de mayor prioridad biológica.
El estudio determinó que las densidades del delfín rosado en el país oscilan entre 0,33 y 7,61 individuos por kilómetro cuadrado, valores sustancialmente inferiores a los registrados en la Amazonía central brasileña.
En el caso del delfín gris, la situación es todavía más drástica: sus densidades se ubican entre 0,05 y 0,45 individuos por kilómetro cuadrado y su presencia se ha confirmado en solo 13 ríos del norte del país. Esos valores se sitúan hasta dos órdenes de magnitud por debajo de los promedios amazónicos centrales.
Ambas publicaciones señalan la importancia trascendental de los nodos hidrológicos: el estudio de PeerJ demostró que, mientras el tamaño medio de grupo del delfín rosado es de 1,47 individuos en ríos principales, esta cifra aumenta de manera significativa a 2,62 individuos en las confluencias de ríos de aguas blancas y negras.
Los ríos amazónicos pueden clasificarse, entre otros tipos, en aguas blancas y aguas negras. Los primeros transportan abundantes sedimentos provenientes de los Andes, mientras que los segundos adquieren su color oscuro por la materia orgánica en descomposición.
El hallazgo respalda la directriz del Plan de Acción de focalizar los esfuerzos de protección en confluencias estratégicas como Aguarico-Lagartococha o Napo-Yasuní, donde la mezcla de aguas concentra la oferta de peces, pero también expone a las poblaciones al tráfico fluvial y a impactos extractivos.
Frente a la confluencia de presiones humanas y restricciones ambientales en el límite occidental de la Amazonía, las conclusiones del estudio de PeerJ y las directrices del Plan de Acción concuerdan en la necesidad urgente de fortalecer el monitoreo estandarizado continuo, controlar el impacto minero y consolidar alianzas transfronterizas e indígenas.

Mujer de la comunidad de Martinica. Foto: Carmen Jaramillo.
Un vínculo cultural con el delfín rosado
Para los habitantes de Martinica, el compromiso de conservación trasciende la alternativa económica del ecoturismo. Jairo Dea cuenta que el delfín rosado puede advertir, en sueños, variaciones en el entorno y señalar situaciones de peligro para la comunidad.
Por su parte, Raúl Ajón resume la devoción de su pueblo hacia el cetáceo al afirmar: «Yo quiero a los delfines como que fueran humanos y como que fueran una parte mía».




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