• Franklin Vega

El trabajo invisibilizado de las mujeres pescadoras en la Reserva Marina de Galápagos

En Galápagos hay familias pescadoras que están comprometidas con el mar y su conservación. Presentamos el testimonio de Maritza Suárez, quien al igual que otras mujeres trabajan con su familia en la pesca en esta área protegida marina desde 1992.

Maritza Suárez pesca desde los 22 años, su hijo Jonatán es pescador y tiene 28 años. El también sale al mar con su esposa Nicol de 19. Foto: Franklin Vega


Vivo en Galápagos desde 1984, cuando tenía 14 años. Llegué a acá con mi madre y la mitad de mis hermanos cuando mi abuelo falleció. A mis hermanos no les gustó explorar esta nueva vida. Me dediqué a la pesca cuando me casé a los 22 años con un pescador, que falleció hace 13 años y me volví a casar hace nueve años con otro pescador. El mar es parte de mi vida, solo he dejado de pescar cuando han nacido mis hijos, pero siempre estaba pendiente de la pesca, de vender el pescado de organizar los viajes y tener todo listo.


Cuando estaba embarazada salía a pescar hasta el último día. La víspera a que nazca mi hijo mayor salí a coger canchalagua y caminé hasta Tortuga Bay (una caminata de 45 minutos por viaje en un sendero que requiere un esfuerzo moderado). Cuando nacían pasaba un año en tierra, para mí era difícil dejar el mar, pero siempre estaba con ellos trabajando en la venta de pescado.


Para salir a pescar cuando mis hijos eran pequeños, se quedaban en la casa con la abuelita y pagaba a una persona para que me ayude cuidándolos. También había una guardería de una amiga donde podía dejarles por dos o tres días. Ahora ya todos están casados y la menor tiene 22 años.


Al inicio teníamos una embarcación de madera, no había en Galápagos las fibras, estas llegaron en el 2001 en una pesquería de pepinos de mar. Íbamos con mi marido a coger lisa, canchalagua (un molusco de concha negra ovalada, su carne parece a la del pulpo, pero con la textura y el sabor de la concha), langosta… Luego aprendimos a pescar ya mar adentro y tomar lo que necesitamos y logramos vender.


Maritza Suárez en uno de los viajes de pesca. Foto: Archivo particular

Me gusta pescar y me emociona cuando logró una buena pieza, le molesto a mí marido (muestra orgullosa las fotos con peces grandes). Es duro cargar la pesca, las manos se encallecen, duele la espalda al jalar los pescados, pero cuando salen es una alegría grande, suelo festejar diciendo “la mamacita pescó el más grande”.


Nosotros salimos a las cuatro de la mañana, dejando siempre una hora para los imprevistos como los cambios de la marea o si el motor no arranca rápido. Si vamos a utilizar empate (un arte de pesca) vamos hasta el lugar de pesca y lo lanzamos al mar. Las jornadas de pesca terminan el día siguiente a las ocho de la noche. Dormimos en la fibra, preparamos la comida en cocinas a gas, llevamos bidones de agua, hielo para la pesca.

Mi fibra se llama La Jaiba y podemos pescar hasta tres días. En cada viaje invertimos 400 dólares entre el combustible para la lancha, comida, hielo, los fletes de carro para cargar la gasolina el hielo. Si hay una buena pesca se logra mil dólares que se divide entre tres: para los dos pescadores (tripulantes) y una el dueño de la lancha.


En mi tiempo solo tenía dos compañeras pescadoras, ahora somos ocho las mujeres que pescamos y salíamos al mar. Mujeres armadoras hay más, somos unas 16, ellas se quedaron a cargo de las lanchas cuando sus maridos fallecieron.

Yo tengo temporadas que pesco, administro y hago ventas; hago el trabajo completo. Sé cuando hay que dar mantenimiento al motor, donde y cuando pescar. Maritza Suárez

Administrar una embarcación de pesca no es difícil para el que sabe. Hay que tener claro que en la lancha no solo se necesitan para los gastos personales, hay que pensar en el deterioro de la lancha y del motor. Si te sobran tres dólares para guardar para el deterioro, los guardas. En mi caso me manejo con una alcancía, en cada viaje hago ventas, pago lo que tengo que pagar y lo que me queda lo guardo para reparar los motores o cambiarlos. En diez años he tenido dos motores Yamaha 100 de cuatro tiempos.

Maritza Suárez con uno de sus peces más grandes. Foto: Archivo particular


Es difícil tratar con los compañeros hombres. La amistad con ellos es como fuera del hombro, no me importa lo que tu haces y no te debe importar lo que yo hago. Así te mantienes alejado de cosas no agradables. La amistad es una cosa y la ñañería es otra. Si te mantienes al margen no te llevan a cosas sin provecho. No tengo amigas ni amigos, tengo conocidos.


A una de mis nietas, de tres años, le encanta el mar. Vengo a la fibra y ella está allí, puede caminar entre las lanchas sin miedo. Espero que ella sea pescadora como yo. Mi hijo Jonatán cuando tenía tres años le desarmó el motor al padre, ahora es un gran pescador. El lleva dos años casado y mi nuera también pesca y sale al mar con mi hijo.


En el mar disfruto pescado. Es mentira que las mujeres no pescan en el continente y todas esas supersticiones que llevamos mala suerte. Hace dos años fui a pescar con mis parientes en el continente y como todos estaban cansados, al regreso yo llevé la lancha hasta la playa igual que los hombres.



Maritza Suárez con atún aleta amarilla en el muelle de Pelikan Bay en Puerto Ayora, isla Santa Cruz. Foto: Archivo particular


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