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La noche en que La Cascada se volvió un canal: así se improvisó la evacuación en Santa Cruz, Galápagos

Foto del escritor: Franklin Vega
Franklin Vega
hace 17 horas
11 min de lectura

CRÓNICA | EMERGENCIA EN SANTA CRUZ

Durante la madrugada del 31 de octubre, vecinos, gente de mar y guardaparques convirtieron botes, kayaks, cabos y chalecos en un sistema de rescate. Rafael Gallardo reconstruye una operación que nació antes de que existiera un mando visible. Wilfrido Vilema completa la ruta de las embarcaciones. Después del agua quedó otra emergencia: el olor de los pozos sépticos rebosados y la sospecha de residuos arrastrados desde el Parque Ambiental Fabricio Valverde.

La lluvia convirtió calles y canchas de Puerto Ayora en una superficie continua de agua durante la madrugada. En el barrio La Cascada, sus calles se transformaron en canales. Imagen: Captura de video.
La lluvia convirtió calles y canchas de Puerto Ayora en una superficie continua de agua durante la madrugada. En el barrio La Cascada, sus calles se transformaron en canales. Imagen: Captura de video.

Los motores de los zodiacs golpeaban objetos que nadie podía ver. A veces eran ventanas, pedazos de madera o señales de tránsito dobladas por la corriente. Otras veces, el motor rozaba el techo de un automóvil hundido. Bajo el agua lodosa todavía había carros con las luces encendidas.


“Parecía el Titanic”, recuerda Rafael Gallardo.

No había luz suficiente para distinguir dónde terminaba una calle y empezaba una vivienda. En los pasajes angostos de La Cascada, el agua había borrado esa frontera. Gallardo navegaba por un barrio en el que, pocas horas antes, nadie habría imaginado necesitar un bote. En las terrazas esperaban familias enteras. En los segundos pisos, adultos mayores temblaban. Abajo, una corriente cargada de escombros convertía cada maniobra en un riesgo.

La inundación no empezó en La Cascada. Bajó desde la parte alta de Santa Cruz durante una lluvia excepcional que atravesó la noche del 30 y la madrugada del 31 de octubre. La cuenta de monitoreo de El Niño de la ESPOL estimó 189 milímetros de precipitación en Santa Cruz entre las 17:00 y las 05:00. Es el equivalente a 189 litros de agua sobre cada metro cuadrado en doce horas. Durante cuatro de esas horas, la intensidad se habría mantenido entre 24 y 36 milímetros por hora. El dato es una estimación difundida por el sistema de monitoreo de ESPOL; al cierre de esta crónica, el INAMHI no había publicado una serie local completa que permitiera contrastarla punto por punto.

La Secretaría Nacional de Gestión de Riesgos (SNGR) registró después 2.760 personas afectadas, 690 familias y 690 viviendas en Santa Cruz, además de una persona fallecida. Esas cifras, publicadas el 3 de noviembre, seguían sujetas a actualización. Pero ninguna tabla oficial explica cómo se tomó una decisión en los primeros minutos, cuando el agua subía y los equipos de rescate todavía se estaban formando.

189 mmestimación de lluvia17:00–05:00

24–36 mm/hdurante cuatro horassegún ESPOL

2.760personas afectadasSNGR, 3 de nov.

≈ 500personas evacuadasreporte policial


La alerta llegó por los chats

Entre las 23:00 y la medianoche, Gallardo comenzó a recibir mensajes desde Bellavista. Dos colaboradores de Lobito (la empresa de transporte del Baltra a la cual la alcaldesa Fanny Uribe ha bloqueado el uso de un bus eléctrico): Denis y Nayeli, avisaron en el chat interno que el agua había entrado en sus viviendas y que las paredes cedían. En la parte alta ya se evacuaban casas.

Gallardo recordó entonces una advertencia que había escuchado desde niño. Su madre le decía que, cuando llovía con fuerza, la encañada podía desbordarse y el agua terminaba buscando La Cascada. Salió en un cuadrón hacia la desembocadura.

En la primera vivienda frente al cauce encontró a Winston Aguirre sacando vehículos. “Váyanse, se desbordó la encañada”, les gritó, según el relato de Gallardo. El agua ya no encontraba salida hacia abajo. Se abría por los lados y comenzaba a ocupar las calles.

 

La descarga de la encañada de La Cascada durante la emergencia. Foto: cortesía.
La descarga de la encañada de La Cascada durante la emergencia. Foto: cortesía.

La gente corrió hacia sus casas para intentar salvar muebles, documentos o electrodomésticos. No alcanzó. “Era tan rápido que llenaba todo”, dice Gallardo. Cuando él y otros vecinos entraron para ayudar, el nivel ya les llegaba a la cintura. La electricidad seguía conectada y las luminarias permanecían encendidas. A la fuerza de la corriente se sumó el miedo a una descarga.

Gallardo volvió por un bote de goma (zodiak) pequeño que guardaba cerca. En el corto trayecto de ida y vuelta, otra calle quedó cubierta. Los vecinos le advirtieron que no intentara avanzar a remo: la corriente podía volcarlo. La primera solución no fue navegar, sino fabricar una línea de vida.

“Hicimos cabos. Empujábamos el bote hasta las casas y lo jalábamos con sogas para sacar a las personas”, cuenta.

Así nació el primer circuito de evacuación: un bote liviano, personas sujetando cabos desde zonas más firmes y vecinos que indicaban en qué viviendas había niños, personas mayores o gente que no podía bajar por sus propios medios. Poco después apareció un kayak. Luego otro. No existía todavía una flota organizada; existían objetos disponibles y gente que sabía usarlos.


Del muelle al barrio inundado

La operación cambió de escala cuando llegó un camión del Parque Nacional Galápagos. Gallardo avisó que tenía un zodiac en el muelle. El grupo bajó a buscarlo y encontró otras embarcaciones amarradas. En medio de la emergencia, trasladaron al menos un zodiac sin alcanzar a pedir permiso a su propietario.


Wilfrido Vilema reconstruye ese tramo desde el muelle. Había bajado cerca de las 23:00 para achicar su lancha de pesca vivencial porque la bomba automática no funcionaba. Salió alrededor de las 00:30, empapado y con la pantalla del teléfono inutilizada por la humedad. Después de secarla con una camisa, contestó una llamada hecha desde el número de Edwin Venegas, pareja de la alcaldesa Fanny Uribe.

Según Vilema, era Uribe. Le dijo que La Cascada se había desbordado, que había personas atrapadas y le pidió apoyo para conseguir un kayak o un zodiac. Vilema respondió que vería qué podía hacer.


Minutos después llegaron Rafael Gallardo, Tito Andrade y otras personas en el vehículo del Parque Nacional Galápagos (PNG). Entre seis o siete levantaron un zodiac gris con rojo que estaba amarrado en el muelle y lo subieron al camión. “En ese momento no le íbamos a pedir permiso a nadie”, explica Vilema. Llegaron al sector de una tienda la escuela Loma Linda aproximadamente entre la 01:15 y la 01:20.


Para entonces, un zodiac pequeño del PNG ya trabajaba en el agua. Vilema identifica allí a su hermano Jackson Vilema y a un guardaparque llamado Ramiro. También había kayaks que vecinos habían tomado para la emergencia, algunos de esas embarcaciones fueron luego rastreadas por el Frente Insular, uno de los colectivos más activos de las islas. Más tarde, entre las 02:30 y las 03:00, llegó una embarcación de la Agencia de Regulación y Control de la Bioseguridad y Cuarentena para Galápagos (ABG), según Vilema.


La secuencia que describen ambos testigos no corresponde a una sola columna de rescate enviada desde un centro de mando. Fue una red improvisada: embarcaciones privadas, kayaks prestados o tomados ante el peligro, un vehículo y personal del Parque, y recursos institucionales que se fueron sumando. Esa distinción es importante porque, después de la emergencia, comenzó una disputa política sobre quién “mandó” los kayaks y zodiacs.


Dos personas por zodiac, una soga para volver

Gallardo organizó equipos de dos personas en cada zodiac. Había que entrar, acercarse a las fachadas, embarcar primero a quienes tenían menos capacidad de resistir y regresar sin perder el control entre los escombros. Los más jóvenes salían nadando o se sostenían en balsas improvisadas. Los adultos mayores, los niños y quienes estaban bloqueados en los pisos altos tenían prioridad.


Vilema y Andrade operaron uno de los zodiacs grandes. En un edificio de tres plantas hicieron dos viajes y sacaron entre 12 y 14 personas en cada recorrido: unas 25 o 26 solo en ese inmueble. Vilema recuerda a una mujer mayor atrapada en un segundo piso mientras el agua seguía subiendo.


Gallardo calcula que cada uno de los zodiacs en los que participó pudo evacuar alrededor de 30 personas. Es una estimación de memoria y sirve para dimensionar el ritmo: entrar, cargar, salir, volver.


Una mujer se negó a abandonar una terraza hasta la madrugada. Otra cayó al agua cuando el kayak que la transportaba se volcó. Llevaba chaleco salvavidas y quedó a flote mientras la recuperaban. A falta de un punto fijo, el techo de un bus se convirtió en una base temporal. Para que la corriente no se llevara a las personas, los rescatistas las aseguraban con cabos.


Gallardo se cortó una mano con una señal de tránsito deformada. El borde metálico se había convertido en una cuchilla bajo el agua. No dejó de entrar. “Jamás en la historia creí que iba a navegar con un bote dentro del barrio La Cascada”, dice. En uno de los recorridos también sacaron a un perro que lloraba encaramado sobre unos objetos.

Las fotografías de esa fase son escasas. Gallardo explica que no había tiempo para documentar y que la lluvia inutilizaba la pantalla táctil del teléfono. Esa ausencia también cuenta algo: durante las horas críticas, las manos estaban en los cabos, en los motores y en las personas.


Lo que vieron —y lo que no vieron— los testigos

Los testimonios no coinciden en todo. Gallardo dice que no vio uniformados dentro del sector donde maniobraba. Sí recuerda a policías que llegaron unos veinte minutos después de que el agua ocupara las calles y trataron de retirar curiosos y vehículos para mantener una vía de salida.


Vilema, en cambio, afirma que cuando llegó había bomberos, personal municipal y representantes de otras instituciones ayudando desde la zona seca. Su explicación es concreta: no todos tenían la capacidad para entrar al agua o manejar una embarcación en corriente.


El informe de la SNGR registra que el Cuerpo de Bomberos y la Policía colaboraron en la verificación del área y en la evacuación de familias. La Policía reportó aproximadamente 500 personas evacuadas hacia zonas seguras. La diferencia entre los relatos no obliga a escoger uno y descartar el otro: Gallardo describe lo que vio desde los pasajes inundados; Vilema amplía el perímetro; el documento oficial acredita presencia institucional, pero no detalla quién entró en cada bote ni a qué hora.


Sí hay un punto común: no hubo una alarma temprana que despertara al barrio antes de que el agua entrara. La advertencia circuló de teléfono en teléfono, en chats y a gritos. Para una zona que ya había sido identificada como expuesta a inundaciones, depender de que alguien recuerde una historia familiar, mire el cauce y salga a tocar puertas no es un sistema de alerta.


La fase más violenta, según Gallardo, se concentró entre la medianoche y las 03:00. Hacia las 03:00 o 04:00 el nivel comenzó a bajar. Los equipos improvisados siguieron hasta aproximadamente las 06:00, cuando pudieron revisar sectores que antes eran inaccesibles.


Las personas evacuadas fueron llevadas al coliseo y, posteriormente, a otros alojamientos. Algunas familias de La Cascada habían salido antes hacia Bellavista para ayudar a parientes. Cuando regresaron, encontraron sus casas inundadas y no hallaron a sus familiares porque ya habían sido trasladados a refugios. La emergencia había avanzado en ambas direcciones: quienes fueron a rescatar terminaron buscando a los suyos.


Un barrio construido donde el agua vuelve

La zona de La Cascada aparece entre los sectores de mayor exposición a inundación y anegamiento vial en el estudio de vulnerabilidad climática de Santa Cruz (FIC–LAVOLA–UTPL, 2019)
La zona de La Cascada aparece entre los sectores de mayor exposición a inundación y anegamiento vial en el estudio de vulnerabilidad climática de Santa Cruz (FIC–LAVOLA–UTPL, 2019)

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La lluvia explica el volumen; no explica por sí sola el desastre. La Cascada está en la parte baja de un sistema de encañadas. Los pobladores antiguos recuerdan que allí se formaba una laguna durante los inviernos fuertes. Con los años, viviendas, calles y superficies impermeables ocuparon o estrecharon rutas naturales de drenaje. Estudios previos ya habían señalado la exposición de este sector y la necesidad de obras, mantenimiento, monitoreo y alerta temprana.


El 31 de octubre, el agua recuperó esa geografía en horas. El comandante del Cuerpo de Bomberos estimó niveles de hasta tres metros en La Cascada y La Unión. Gallardo sostiene que en ciertos puntos alcanzó cerca de cuatro metros. La diferencia requiere un levantamiento técnico de marcas de agua; ambas versiones describen, en cualquier caso, un nivel suficiente para cubrir vehículos, entrar a plantas altas y sobrepasar sistemas sanitarios domésticos.


Después del agua, el olor

Lodo y agua dentro de una vivienda de La Cascada durante las labores de limpieza. Foto: cortesía.
Lodo y agua dentro de una vivienda de La Cascada durante las labores de limpieza. Foto: cortesía.

Cuando Gallardo regresó a La Cascada, el peligro ya no rugía. Olía.

“Se siente como fermentado”, repite. El olor, dice, se extendía por el barrio. Según su testimonio, la creciente ingresó en los pozos sépticos y forzó su rebose. También afirma que un guardaparque reportó que el caudal arrastró residuos orgánicos acumulados en el Parque Ambiental Fabricio Valverde, situado a la salida de Puerto Ayora hacia la parte alta, y que esa mezcla bajó hacia las zonas habitadas y las grietas.


Esa afirmación debe confirmarse con las autoridades, pero tenemos el reporte gráfico de que la cañada pasó y arrastró los desechos orgánicos. 

Imágenes del Parque Ambiental Fabricio Valverde, situado a la salida de Puerto Ayora, donde se evidencia que el agua arrastró los desechos orgánicos. Fotos: Cortesía.


El Fabricio Valverde es el sitio municipal de acopio y transferencia donde se reciben, separan, compactan y almacenan temporalmente una fracción de los residuos que se generan en Puerto Ayora. Antes de la inundación ya existían alertas sobre su manejo.


Un informe técnico de la Dirección del Parque Nacional Galápagos, fechado el 19 de agosto de 2026 y citado por Bitácora Ambiental, concluyó que 27 de 49 actividades aplicables del Plan de Manejo Ambiental no se cumplían; el nivel de cumplimiento era de 44,89 %. Ese antecedente no prueba qué arrastró el agua el 31 de octubre, pero sí vuelve indispensable identificarlo.


La SNGR incluyó un apartado de “agua segura, saneamiento y gestión de residuos” en su informe del 3 de noviembre, pero solo reportó trabajos para evacuar agua con un tanquero hidrocleaner. No publicó resultados de muestreos de agua, lodo, suelo o pozos sépticos. Tampoco un inventario de los materiales movilizados desde el centro de acopio.


Las guías sanitarias internacionales advierten que una inundación puede mezclar aguas servidas con residuos domésticos, médicos o industriales. La exposición puede causar irritación cutánea, infecciones de heridas y enfermedades gastrointestinales. Gallardo cuenta que sufrió un sarpullido después de entrar al agua. Ese síntoma aislado no establece una causa, pero refuerza la necesidad de vigilancia sanitaria y atención para quienes participaron en los rescates o limpiaron viviendas sin protección.


La evacuación terminó al amanecer. La emergencia ambiental no. El olor que quedó en La Cascada exige algo más que maquinaria y fotografías de limpieza: análisis públicos, inspección de los pozos, trazabilidad de los residuos arrastrados y un protocolo que diga cuándo el barrio vuelve a ser seguro.

 


Muebles y enseres retirados de viviendas después de la inundación en La Cascada. Foto: cortesía.
Muebles y enseres retirados de viviendas después de la inundación en La Cascada. Foto: cortesía.

Porque, después de una noche en la que la comunidad tuvo que inventar su propia flota, el olor no puede convertirse en la siguiente alarma que nadie atienda.


Fanny Uribe sí pidió apoyo; eso no demuestra que el Municipio haya enviado los kayaks y zodiacs

Una llamada de la alcaldesa forma parte de la cronología. También forman parte de ella embarcaciones privadas, kayaks tomados del muelle, un zodiac del Parque y otro de la ABG. La disputa no se resuelve borrando una mitad de la historia.

Ilustración generada por IA que circula en los grupos de WhatsApp en la isla Santa Cruz.
Ilustración generada por IA que circula en los grupos de WhatsApp en la isla Santa Cruz.

Después de la inundación circuló un video en al cual la alcaldesa de Santa Cruz, Fanny Uribe, dice que había enviado los kayaks y zodiacs usados en La Cascada. Residentes respondieron en redes sociales que las embarcaciones habían sido aportadas por empresas privadas y vecinos. Una de las capturas entregadas a Bitácora sostiene además que jóvenes improvisaron botes con refrigeradores para sacar a niños y mascotas.


La publicación ciudadana documenta la existencia de una controversia. Los testimonios de Rafael Gallardo y Wilfrido Vilema permiten reconstruir una cadena más precisa.

Gallardo afirma que el primer bote salió de su casa y que fue operado con sogas.


Después aparecieron kayaks y, con apoyo de un camión del Parque Nacional Galápagos, un grupo fue al muelle a buscar zodiacs. Varias de esas embarcaciones eran privadas o fueron tomadas en préstamo de hecho por la urgencia. El propietario de una de ellas ni siquiera había sido localizado cuando comenzó el rescate.


Vilema aporta un dato que impide sostener que Uribe no hizo ninguna gestión. Cerca de las 00:30 recibió una llamada de la alcaldesa desde el teléfono de su esposo. Según su relato, Uribe le pidió ayuda para conseguir un kayak o un zodiac y evacuar a la gente. Vilema respondió que intentaría resolverlo. Luego se encontró con Gallardo, Tito Andrade y otras personas en el muelle; entre seis o siete levantaron una embarcación y la trasladaron en el vehículo del Parque.

 

Captura entregada a Bitácora Ambiental. El texto expresa la versión de un residente, pero no identifica por sí solo el origen de cada embarcación.


La evidencia disponible permite afirmar dos cosas a la vez. Uribe sí realizó una llamada para solicitar apoyo. Pero las embarcaciones identificadas por los testigos no surgieron de una flota municipal despachada de manera centralizada. Hubo recursos privados y comunitarios, un zodiac pequeño del Parque y, más tarde, una embarcación de la ABG.


Decir que una autoridad “mandó” todos los kayaks y zodiacs simplifica una operación que fue distribuida y, en sus primeros minutos, improvisada. Decir que no hizo absolutamente nada también contradice el testimonio de Vilema.


La forma de cerrar esta polémica no es otra publicación en redes. El Municipio, el COE y el ECU 911 deberían publicar la bitácora de llamadas y despachos, los horarios de llegada, la institución o propietario de cada embarcación y los nombres de las tripulaciones. Reconocer la gestión pública no obliga a borrar el trabajo de la comunidad; reconocer a la comunidad tampoco exige inventar una ausencia total del Estado.


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