Los desastres no son naturales: Santa Cruz en Galápagos fue advertida
En 2019, un estudio técnico identificó las calles y los barrios de Puerto Ayora expuestos al encharcamiento, modeló las escorrentías que amenazan a Bellavista y Santa Rosa y proyectó un fuerte aumento de las precipitaciones y los episodios extremos. La Cascada es uno de los ejemplos de lo que ocurre cuando la decisión política se impone a la evidencia técnica, pero el problema abarca toda la forma de ocupar y gestionar el territorio.

Entre las 17:00 del 30 de octubre y las 05:00 del 31 de octubre, la cuenta de monitoreo de El Niño de la Facultad de Ingeniería Marítima y Ciencias del Mar de la ESPOL reportó un acumulado de 189 milímetros de lluvia en Santa Cruz. Durante cuatro horas, la intensidad se habría mantenido entre 24 y 36 milímetros por hora.
Hasta el 1 de noviembre, la Secretaría Nacional de Gestión de Riesgos registraba en Galápagos tres eventos, una persona fallecida y 3.120 personas afectadas o damnificadas, correspondientes a 780 familias. La muerte se produjo después del desbordamiento de una encañada en El Aguacatal, Bellavista. El Municipio informó que cerca del 70 % de La Cascada quedó inundado y que el agua alcanzó entre dos y tres metros en algunos puntos. También hubo afectaciones en Santa Rosa, Miramar y Divino Niño.
La lluvia fue extraordinaria. El Niño es un fenómeno natural. Pero el desastre aparece cuando la amenaza encuentra población expuesta, obras insuficientes, urbanización mal resuelta y autoridades sin la capacidad necesaria para anticiparse. Por eso, como sostiene Naciones Unidas, los desastres no son naturales: el riesgo también se construye con decisiones humanas.
Qué se conocía y debía prevenirse antes de la lluvia, y cómo se coordina una respuesta trazable después del impacto.
La advertencia estaba escrita desde 2019
El estudio Índice de vulnerabilidad al cambio climático y plan de adaptación para la isla de Santa Cruz de Galápagos, terminado en noviembre de 2019 y publicado posteriormente por CAF, no hizo una advertencia genérica. Estudió siete observatorios meteorológicos, incluidas las series de Puerto Ayora entre 1965 y 2018 y de Bellavista entre 1987 y 2018; sometió los datos a controles de calidad y homogeneización; y combinó diez modelos climáticos con dos escenarios de emisiones para construir veinte posibles evoluciones del clima.
El documento reconoce la incertidumbre propia de proyectar eventos extremos. Aun así, distingue tres amenazas que resultan esenciales para comprender lo ocurrido: el encharcamiento urbano de Puerto Ayora, las inundaciones provocadas por escorrentías desde la parte alta y el aumento esperado de los días con precipitación extrema. Mezclarlas impide diagnosticar las causas y diseñar las soluciones.

1. Encharcamiento: el agua cae y la ciudad no puede evacuarla
El apartado 3.2.1 señala que Puerto Ayora ya sufría inundaciones pluviales porque el agua de lluvia no podía evacuarse y se acumulaba sobre las vías asfaltadas. La modelación hidráulica consideró el calado y la velocidad del agua para un evento con período de retorno de cien años. Ese concepto no significa que la lluvia solo pueda ocurrir una vez por siglo: expresa una probabilidad anual estimada bajo las condiciones modeladas.
El estudio ubicó niveles altos de peligro en la avenida Padre Julio Herrera y la avenida Baltra; las calles Petrel y José Joaquín de Olmedo; las avenidas Charles Darwin, Enrique Fuentes e Islas Plaza; y varios tramos de Las Orquídeas y La Cascada. También advirtió que en esos dos últimos barrios ya se habían registrado viviendas gravemente inundadas.
La Cascada, por tanto, no apareció en el mapa de riesgo después del desastre de 2026. Estaba señalada desde 2019 junto con otros puntos de Puerto Ayora. La amenaza pluvial tampoco depende de que exista un río: surge de la combinación entre lluvias intensas, calles impermeables, puntos bajos, drenaje insuficiente y ocupación urbana.

2. Escorrentías: el agua baja por las cañadas
El apartado 3.2.2 estudió otro mecanismo. Las lluvias torrenciales en la parte alta generan grandes volúmenes de escorrentía que atraviesan las cuencas del sur de Santa Cruz y afectan los sectores rurales y urbanos de Bellavista y Santa Rosa. El agua compromete vías, viviendas, actividades productivas y cultivos, y puede interrumpir la conexión entre los núcleos poblados de la isla.
La modelación para un evento con período de retorno de cien años identificó como zonas especialmente expuestas los barrios centrales de Bellavista, El Bosque, Tomás de Berlanga y el Parque Ecológico Artesanal. Calculó que las personas expuestas podían pasar de 315 en el corto plazo a 407 en el largo plazo; los hogares, de 146 a 231. También encontró más de 6,5 kilómetros de vías urbanas expuestas en Bellavista y el extremo oriental de Santa Rosa.
La muerte causada por el desbordamiento de una encañada en El Aguacatal no debe confundirse con el encharcamiento de una calle en Puerto Ayora. Son manifestaciones distintas del agua y requieren intervenciones diferentes: drenaje urbano en un caso; protección, restauración y mantenimiento de cañadas, alcantarillas y pasos viales en el otro.
3. Las lluvias fuertes podrían repetirse más veces
El estudio llamó “extrema” a una lluvia que se encuentra entre el 1 % de las más intensas registradas históricamente en Santa Cruz. En 2019, este tipo de episodio ocurría entre tres y cuatro veces al año. En el escenario futuro más grave, su frecuencia podría casi triplicarse: en lugar de tres o cuatro, podrían registrarse alrededor de nueve a doce episodios por año.
La zona donde más aumentarían estas lluvias es la parte media de la isla, especialmente Bellavista. El crecimiento previsto para Puerto Ayora y Santa Rosa es menor, pero eso no significa que estén seguras. Puerto Ayora ya tenía calles y barrios donde el agua se acumulaba porque no podía salir; Bellavista debía prepararse, además, para el agua que baja con fuerza desde las zonas altas.
Qué predijo el estudio y qué ocurrió en 2026
El estudio no intentó predecir una tormenta concreta. Calculó cómo podría cambiar la lluvia promedio durante varias décadas. Hacia finales de siglo, estimó que en un escenario moderado la precipitación media diaria podría aumentar un 90 %. En el escenario más grave, el aumento podría llegar al 140 %. Eso representaría entre 2,5 y 4,5 milímetros adicionales de lluvia al día.
Lo ocurrido entre el 30 y el 31 de octubre de 2026 es otra clase de dato: fue una sola tormenta. El registro difundido para Santa Cruz fue de 189 milímetros en doce horas, con cuatro horas en las que cayeron entre 24 y 36 milímetros por hora. No se puede afirmar que esa tormenta confirmó por sí sola la proyección del estudio ni que el documento predijo cuándo iba a ocurrir. Tampoco basta un solo episodio para asegurar que su causa fue el cambio climático, de hecho el Fenómeno de El Niño se estudia de forma separada, pero las lluvias fuertes tienen impactos similares.
La cifra permite, sin embargo, comprender la magnitud del golpe. Un milímetro de lluvia equivale a un litro de agua sobre cada metro cuadrado. Por tanto, 189 milímetros significan 189 litros de agua por metro cuadrado en apenas doce horas. Tomando como referencia los promedios utilizados por el estudio, en medio día cayó una cantidad de agua comparable con la lluvia de unos sesenta días promedio.
La diferencia es sencilla: el estudio habló de una tendencia de largo plazo; el registro de octubre describe una tormenta específica. No son medidas iguales, pero juntas muestran el problema: las lluvias fuertes pueden hacerse más frecuentes y Santa Cruz ya tiene calles, barrios y cañadas que no soportan bien grandes cantidades de agua en poco tiempo.
Ahora corresponde a INAMHI, al COE y al Municipio publicar los datos completos. Deben explicar de dónde sale el registro de 189 milímetros, si proviene de una estación o de un satélite, cuánto llovió en cada hora y qué tan excepcional fue frente a la historia de Puerto Ayora y Bellavista. También deben actualizar el estudio de 2019 con las lluvias registradas hasta 2026, los nuevos barrios y las obras construidas desde entonces.
La Cascada: un ejemplo de lo que no se debe hacer
En la administración del entonces alcalde Alfredo Ortiz, del PSC, se entregó de 600 lotes entre La Cascada y El Bosque. El estudio climático de 2019 encontró después que La Cascada tenía la mayor densidad poblacional neta de Puerto Ayora, seguida por Las Orquídeas, Escalesia y La Unión. También identificó hacinamiento comparativamente alto y carencias de abastecimiento de agua y drenaje pluvial.
Bitácora ha recogido la versión de que lotes inicialmente planteados con 300 metros cuadrados fueron subdivididos para ampliar el número de beneficiarios y obtener rédito electoral. La intención clientelar requiere ser demostrada con el catastro histórico, ordenanzas, actas del Concejo y testimonios contrastados. Pero la responsabilidad técnica puede evaluarse sin adivinar intenciones: ¿se estudió el drenaje antes de aumentar la densidad?, ¿se respetaron los cauces y puntos bajos?, ¿las calles tuvieron el ancho y la sección necesarios?, ¿se financiaron los servicios que exigía la urbanización?
En 2020 existió, además, un proyecto municipal denominado “Control de inundaciones de alcantarillado pluvial en el barrio La Cascada”. La Dirección del Parque Nacional informó sobre el seguimiento de su plan de manejo ambiental y, posteriormente, cerró el expediente ambiental después de que el Municipio reportara terminada la obra. Ese cierre no certifica su desempeño hidráulico.
La Cascada demuestra lo que ocurre cuando se urbaniza primero y se intenta corregir el riesgo después.
La pregunta ya no es si se hizo “algo”, sino qué se diseñó y por qué no bastó: intensidad de lluvia utilizada, período de retorno, capacidad real, correspondencia entre planos y construcción, ampliaciones posteriores, estado de sumideros y conductos y fecha del último mantenimiento. La Cascada demuestra lo que ocurre cuando se urbaniza primero y se intenta corregir el riesgo después. Pero reducir toda la emergencia a ese barrio ocultaría que el estudio también advirtió sobre el centro y la costa de Puerto Ayora, Bellavista, Santa Rosa, la red vial y las cañadas.
El plan no puede existir solo en el papel
Se supone que desde 2016 existe un plan de contingencia actualizado anualmente y que debía activarse antes de la temporada lluviosa. El COE tenía que preposicionar bombas, kits de asistencia, alimentos y agua; identificar albergues; inspeccionar zonas de riesgo y organizar con antelación el apoyo privado.
La cronología oficial confirma que existió tiempo de preparación: el 12 de marzo el COE Nacional dispuso conformar el comité para formular el plan ante El Niño; el 22 de mayo exigió planes de prevención y preparación a los gobiernos provinciales y cantonales; el Consejo de Gobierno de Galápagos consta entre quienes presentaron el suyo; y El Niño fue declarado oficialmente el 28 de agosto, seguido por la alerta roja nacional del 29 de agosto. Preparación nacional; planes entregados; [declaratoria y seguimiento.
La respuesta posterior fue necesaria: llegaron alimentos e insumos, se habilitaron alojamientos temporales y se movilizaron bombas. Pero la ayuda después del agua no demuestra prevención antes del agua. Para establecer si hubo negligencia deben abrirse el plan vigente y sus versiones anteriores, las actas de activación, inventarios previos, inspecciones, limpiezas, simulacros, alertas, contratos y convenios con proveedores.
El segundo eje es la trazabilidad. El sector privado, las organizaciones comunitarias y las ONG pueden ampliar la capacidad de respuesta; no pueden sustituir al Estado. Toda campaña debe informar qué recibió, quién lo administró, cuánto gastó y a qué familias llegó. RECID reunió canales para ayudar a Santa Cruz.
La amenaza apenas empieza y que su intensidad es incierta. La primera parte exige preparación; la segunda exige prudencia. Las autoridades no deben minimizar el riesgo, pero tampoco convertir una posibilidad en certeza: los escenarios de los próximos meses deben comunicarse con pronósticos actualizados de INAMHI, INOCAR y el Comité ERFEN.
Un video difundido por @schubertlm en TikTok plantea reforzar drenajes, mantener reservas y vigilar las condiciones oceánicas. La pieza está identificada como generada con inteligencia artificial y debe tratarse como divulgación, no como prueba científica. Lo relevante es que varias de sus recomendaciones ya figuraban, con respaldo técnico, en el plan de adaptación de 2019.
Lo que debe hacerse antes de la próxima lluvia
1. Publicar el expediente hidrometeorológico del evento. Debe incluir datos en intervalos cortos, fuente de los 189 milímetros reportados, umbral del percentil 99, comparación histórica y período de retorno. Sin datos abiertos no puede evaluarse ni la excepcionalidad de la lluvia ni la suficiencia de las obras.
2. Auditar todo el drenaje de Puerto Ayora. La revisión debe abarcar La Cascada y los demás puntos señalados en 2019: planos, contratos, fiscalización, recepción, capacidad, mantenimiento, obstrucciones y cambios urbanos posteriores. La obra de 2020 en La Cascada requiere una auditoría hidráulica y constructiva independiente.
3. Aplicar los sistemas de drenaje sostenible recomendados en 2019. El estudio propuso delimitar los puntos de encharcamiento, identificar sectores porosos y túneles volcánicos aptos para evacuar agua, aumentar superficies vegetadas, reducir la impermeabilización, conducir escorrentías hacia áreas ajardinadas y construir proyectos piloto de calles permeables.
4. Restaurar y mantener las cañadas. El plan identificó 63 hoyas hidrográficas que desembocan en seis puntos de la costa. Se deben calcular caudales máximos, redimensionar alcantarillas-cajón, impedir ocupaciones que bloqueen el paso, revegetar con especies nativas y recuperar suelos para reducir lodos y deslizamientos.
5. Convertir los mapas de riesgo en reglas urbanas. Los permisos, subdivisiones, densidades y nuevas calles deben incorporar las amenazas pluviales y fluviales. En zonas de peligro no mitigable deben suspenderse nuevas autorizaciones y diseñarse alternativas seguras para las familias ya expuestas.
6. Separar drenaje pluvial y alcantarillado sanitario. El primero conduce lluvia; el segundo recoge aguas servidas. Santa Cruz necesita ambos. El estudio recomendó una red de saneamiento y canalización pluvial, mientras el proyecto sanitario contratado en 2013 sigue sin ofrecer cobertura suficiente y continúa rodeado de costos, obras pendientes y litigios. La ciudadanía necesita una matriz pública de lo pagado, construido, operativo y pendiente.
7. Probar la preparación del COE. Deben publicarse el plan vigente, sus actualizaciones, inventarios anteriores a la emergencia, albergues operativos, bombas disponibles, acuerdos con proveedores, rutas de evacuación, simulacros y alertas emitidas. Un documento guardado no constituye preparación.
8. Actualizar el estudio y abrir la información. Las series deben ampliarse hasta 2026, la modelación debe incorporar la expansión urbana y las nuevas obras, y los mapas deben publicarse en formatos abiertos que permitan a barrios, técnicos y periodistas verificar las decisiones.
El 29 de noviembre, Santa Cruz elegirá a sus autoridades locales. Cada candidatura debería responder con documentos, no con bochinche: qué advertencias de 2019 se ejecutaron, cuánto se invirtió, qué obra falló, qué cañadas están libres, qué barrios no deben seguir densificándose y quién asumirá la responsabilidad por lo omitido.
El agua de octubre no reveló una amenaza desconocida. Recorrió los puntos bajos de Puerto Ayora, se acumuló donde la ciudad no podía evacuarla y bajó por las cañadas desde la parte alta, exactamente los mecanismos que la evidencia técnica había pedido gestionar. La Cascada es la factura más visible de una forma equivocada de urbanizar; Santa Cruz entera es la prueba de que advertir no basta cuando la política decide no actuar. Los desastres no son naturales.




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