¿Por qué me importan las iguanas de Galápagos?

Hace unos días, una persona muy querida me hizo una pregunta:
—¿Por qué te gustan tanto las iguanas, si son feítas?
Mi respuesta a quemarropa fue:
—Son hermosas. Y las de Galápagos son únicas. En términos evolutivos, incluso me parecen más interesantes que las tortugas gigantes.
Lo dije sin pensarlo. Pero a veces las respuestas que salen de golpe llevan toda una vida preparándose.
Las iguanas de Galápagos se dividen en cuatro especies: la iguana marina, la terrestre amarilla, la terrestre de Santa Fe y la rosada del volcán Wolf. Cuatro formas distintas de resolver el problema de vivir sobre islas volcánicas, aisladas y duras. Una de ellas aprendió a entrar al mar, a bucear y alimentarse de algas. Es el único lagarto marino del planeta. Otra quedó confinada a un volcán. Otra parece hecha con la misma lava amarilla y seca sobre la que camina.
Cuando escribí sobre ellas en 2002 hablábamos de tres especies. La iguana rosada todavía no había sido descrita formalmente. También por eso me fascinan: creemos conocerlas y, de pronto, nos obligan a comenzar otra vez.
Son lagartos que fascinan y, al mismo tiempo, son profundamente incomprendidos. Tal vez porque no tienen la ternura fácil de un mamífero con sus ojos grandes. No piden caricias, no mueven la cola para complacernos, no acomodan su aspecto a nuestra idea de belleza.
Permanecen inmóviles sobre la lava, con sus crestas, sus garras y esa expresión de criatura prehistórica que alimentó una de las versiones de Godzilla y cuanto imaginario de dragones hemos inventado.
Mi relación con ellas comenzó de una forma que hoy resulta difícil de contar.
Antes de 1975, en la casa donde vivíamos, me daban una iguana marina disecada para que jugara y dejara de molestar con tantas preguntas. Sospecho que consiguieron exactamente lo contrario. Aquella iguana muerta se convirtió en una pregunta que me acompañó durante años.
Sí, hay algo de cargo de conciencia en ese recuerdo. Pero eran otros tiempos. CITES apenas entraba en vigor, la conservación no formaba parte de las conversaciones familiares y en el Parque Nacional Galápagos buena parte de quienes guiaban eran extranjeros. Eso explica el contexto; no lo justifica. También nosotros hemos tenido que evolucionar.

Pocas veces uno sabe el momento exacto en que se enamoró. Yo sí. Mi amor por las iguanas nació mientras escribía aquel artículo, hace ya 24 años. El titular decía: “Las iguanas volvieron a su hábitat de la mano del hombre”. Hoy lo escribiría de otra manera: “Las iguanas volvieron a su hábitat de la mano del ser humano”.
Mientras investigaba pasé del llanto a la risa imaginando a los primeros naturalistas enfrentándose a estos reptiles. Charles Darwin amarró una iguana marina a una roca y la mantuvo bajo el agua para comprobar cuánto tiempo podía sobrevivir. Años después, los investigadores las marcaron con hierros calientes sobre las escamas para poder reconocerlas.
No eran personas crueles. Eran métodos de otra época.
La ciencia también muda de piel.
Pero aquel artículo contaba, sobre todo, una buena noticia. Las iguanas terrestres que habían desaparecido de algunas islas por culpa de gatos, perros, cabras y otros animales introducidos estaban regresando. Habían sido rescatadas, criadas y devueltas a su hábitat por guardaparques y científicos.
Con el tiempo entendí que las iguanas no son adornos del paisaje. Las terrestres abren caminos, remueven el suelo, controlan la vegetación y dispersan semillas. Por eso se las considera ingenieras del ecosistema. Cuando una iguana vuelve a una isla, no vuelve solamente un animal: regresan con ella funciones ecológicas que habían desaparecido. El suelo vuelve a moverse, las semillas vuelven a viajar y otras especies recuperan alimento y espacio. Eso pasó en la isla de Baltra.

Las marinas cuentan otra historia. Viven en la frontera entre la tierra y el océano. Su supervivencia depende de las algas y de las corrientes frías que alimentan al archipiélago. Cuando llega El Niño, el agua se calienta, cambia su alimento y pueden morir de hambre. Sus cuerpos registran lo que ocurre en el mar antes de que muchas autoridades terminen de redactar sus informes.
Por eso tienen también un valor ambiental: son una señal viva de la salud de Galápagos. Mirar una población de iguanas es leer el estado del océano, la presencia de especies invasoras, los efectos del calentamiento y la capacidad de una isla para recuperarse.
Y está el turismo. Miles de personas atraviesan el mundo para ver a una iguana marina sumergirse o a una terrestre comer un cactus. Esa fascinación sostiene el trabajo de guías, tripulantes, transportistas, hoteles, restaurantes y comunidades enteras. Pero conviene no invertir el orden de las cosas: las iguanas no existen para sostener el turismo; el turismo existe porque ellas todavía están allí. Y ahora, en Galápagos, el turismo masificado es la principal amenaza para las islas.
Una iguana libre vale infinitamente más que una iguana convertida en mercancía. Su valor no es el precio que algún coleccionista esté dispuesto a pagar. Está en la riqueza ecológica, científica, cultural y económica que produce durante generaciones, siempre que permanezca en su hábitat.
El Parque Nacional Galápagos también está por mudar. No de piel, sino de guardaparques. En pocos años se jubilará una generación que aprendió a leer rastros, reconocer madrigueras, capturar animales sin lastimarlos y entender el territorio de una manera que no siempre cabe en los manuales. Una nueva generación deberá tomar la posta.
La memoria institucional también es un hábitat. Si no se la protege, se pierde.
Y uno de los mayores retos de esa nueva generación será detener el tráfico descarado de especies. En 2022, con mi amigo Milton Castillo —el otro “therian”, como lo llamo en broma— presentamos una acción constitucional para exigir mayor protección para las iguanas. La sentencia obligó al Estado a impulsar su paso al Apéndice I de CITES. En 2025 la medida fue aprobada.
La ley avanzó. Los traficantes también.
Este año aparecieron cuatro iguanas marinas frente al aeropuerto de Guayaquil. La semana siguiente, doce iguanas marinas fueron encontradas dentro de las mochilas de tres ciudadanos tailandeses en el aeropuerto de Guayaquil; habían salido de Galápagos por el Aeropuerto Ecológico de Baltra. Dos murieron. Por resolución del juez, Milton y yo fuiemos reconocidos como víctimas dentro de ese proceso, hablamos en nombre de las iguanas. El 28 de agosto encontraron otras 32 iguanas marinas en el equipaje de una ciudadana rusa en el aeropuerto de Quito. En ese segundo proceso somos víctimas y acusadores particulares.
Una maleta con iguanas vivas deja de ser una estadística cuando uno conoce sus rostros, sus heridas y la violencia necesaria para arrancarlas de las rocas, esconderlas, inmovilizarlas y sacarlas de las islas. También obliga a preguntar quién las capturó, quién las transportó, quién permitió que atravesaran los controles y quién esperaba recibirlas al otro lado del mundo. Como decía Fernando Villavicencio: «No hay crimen organizado sin poder político».
Por eso me importan las iguanas.
Me importan porque son una obra irrepetible de la evolución. Porque ayudan a construir las islas que habitan. Porque permiten leer la salud del océano y del territorio. Porque generan conocimiento, asombro y trabajo. Porque sobreviven a volcanes, corrientes, sequías y fenómenos de El Niño, pero siguen siendo vulnerables a un gato, una carretera, una maleta o una autoridad indiferente.
Me importan porque una iguana disecada forma parte de mi infancia; porque una historia sobre iguanas marcó mi vida como periodista; y porque las iguanas vivas forman parte de mis obligaciones como ciudadano.
Me dijeron que eran feítas. No. Fea es una mochila con un animal amarrado en su interior. Fea es la indiferencia. Feo es admirar la naturaleza únicamente mientras sirve para una fotografía o para recaudar dinero en su nombre y no rendir cuentas. Feo es decir “protegemos las iguanas” y no mojarse, ver para otro lado en los procesos judiciales y no aportar para cuidar a las sobrevivientes. Feo es dar apoyo a los traficantes y calificar a quienes defienden las iguanas como ecologistas radicales. Feo es hacer greenwashing en Galápagos.
Una iguana calentándose sobre la lava después de salir del mar es millones de años de evolución todavía respirando.
¿Qué es el amor sin compromiso?
Tal vez apenas admiración. Y admirarlas, a estas alturas, ya no es suficiente. En el mejor de los casos, amor sin compromiso es una emoción. En el peor, un souvenir.
Yo ya tuve de niño una iguana convertida en objeto. A estas alturas, quererlas significa impedir que vuelvan a serlo.


Iguanas de Galápagos: evolución, conservación y amenazas.





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