• Franklin Vega

Usar bici en Guayaquil es posible para un serrano. Tres días rodando en la Perla


La ciclovía de la Av. Isidro Ayora ha desaparecido y faltan controles de velocidad. Hace tres semanas un niño fue golpeado por el conductor de un auto. Foto: @TeodoroVega


Tenía mucho temor. Las noticias sobre ciclistas atropellados por conductores, la velocidad en las calles, la falta del Pichincha para orientarme y las alertas por los robos me frenaban. Entonces recordé un trino de hace 4 años y decidí rodar con miedo.


Tener miedo es útil, pero no ser cobarde. Entre hacer y no hacer elige siempre hacer. La vida es la suma de tus elecciones.

Me subí en mi bici una GT roja aro 26, con casco y audífonos para escuchar al Google Maps. Cero miedo me dije al primer impulso. Mi ruta 5 km entre el barrio la Kennedy y el Malecón. Era martes a las 08:15 y mi objetivo era llegar máximo a las 9:00 horas frente a la Gobernación. Ahí se conmemoraría el Día del Pescador Ecuatoriano y quería saludar a varios conocidos. Tomé la avenida Boloña hasta la Calle 9 que en realidad de calle solo tenía el nombre porque era una avenida de cuatro carriles... todo es más grande en el Puerto. Escuchaba por el audífono izquierdo las instrucciones del Goole Maps y en la oreja derecha el zumbido de los automóviles al rebasar. El miedo quedaba en un segundo plano en tanto mis sentidos se abrían al olor y paisajes de una ciudad diferente.


No hubo pitos ni acercamientos agresivos de los conductores. Sin muchas complicaciones dejé la Calle 9 y viré en la Avenida de las Américas hasta encontrar el azul-celeste Estadio Alberto Espencer. Giré a la derecha y avancé ligero y sin prisa hasta llegar al parque Centenario. Recorrí la García Moreno y Quisquis, donde hace más de 30 años visité a la familia Haz Alvarado. En esa esquina cerré los ojos un instante y recordé ese Guayaquil de los setenta donde habitaba con mi madre.


Me perdí dos veces en el centro. Una agente de la AMT me orientó en el trayecto final, estaba ya a solo tres cuadras de mi destino. En dos minutos llegué a la entrada principal del Malecón Simón Bolívar empapado, pero con una sonrisa enorme, feliz de vencer mis miedos de ciclear en Guayaquil. Como trofeo una foto de mi bicicleta junto al nombre de La Perla: Guayaquil.


En el Malecón Simón Bolívar. Es posible andar en bicicleta. Foto: @TeodoroVega


Saludé a varias personas en el acto por el dia del pescador. Una vez cumplido el programa fijé en el Google Maps mi próximo destino: la ciudadela Sauces 8 al norte de Guayaquil. Me encontraría con Alberto Hidalgo, uno de los miembros fundadores de Masa Crítica, un colectivo de ciclistas urbanos que logré contactar gracias a @elmonoenbici.


Según el mapa digital, eran solo 10 kilómetros. De acuerdo a mis cálculos, la media hora era más que suficiente. Salí confiado desde el Malecón, seguí hasta a la calle Riobamba y luego a Julián Coronel, las fachadas me recordaron la infancia y algunos recuerdos alegres del Guayas. Ante el respeto de los conductores, pedaleaba tranquilo por la derecha, pasé el Hospital de la Junta de Beneficencia de Guayaquil y el Cementerio, fue una sorpresa ver que no había drama, me sentía seguro. Después de algunas cuadras, las calles se transformaron en avenidas amplias, estaba en la Avenida de las Américas.


Parte de las bicicletas de Alberto Hidalgo. Foto: @TeodoroVega


Continué siempre por la derecha y decidí que para cruzar los interminables pasos elevados, lo haría por debajo, utilizando los pasos peatonales. Una ingenuidad total. No hay pasos para peatones y en cada cruce de avenidas con pasos elevados, hay que esperar largos minutos para poder cruzar los seis u ocho carriles. Allí no hubo respeto de los conductores ni paradas. Tampoco quería pedalear ya por la vía principal, el ruido de los autos a 70 kilómetros por hora o más, se convirtió en un murmullo constante, algunos superan la velocidad máxima por mucho y no hay que arriesgarse. El miedo se cambió por precaución, iba alerta.


Otra vez estaba completamente mojado, estaba a mitad del camino y ya habían pasado los 30 minutos calculados. Me sentía como un ciclista novato, algo perdido y contento en partes iguales. Seguí pedaleando por la avenidas de las Américas y Francisco de Orellana. Ya en Sauces, el recorrido fue tranquilo.


La estatura de Julio Jaramillo en Puerto Santana, aquí está prohibido andar en bicicleta; hay que llevarla a un costado. Foto: @TeodoroVega


Luego de 45 minutos de pedal, al llegar, justo a la esquina de la casa de Alberto la cadena de la bicicleta se rompió. Arrastré la bicicleta hasta la casa de Alberto quien al verme me ofreció un jarro de agua, me vi en un espejo era la imagen de un serrano luchando con el calor. Lo bebí de un sorbo y le pedí otro. Una vez calmada la sed, me sentí en casa.

El recorrido en bicicleta es posible, en la foto Alberto Hidalgo en Las Peñas. Foto: @TeodoroVega


Alberto tiene cuatro bicicletas en la sala, como solo los amantes de las bicis hacemos. Conversamos un poco y me llevó en su auto a cambiar la cadena de mi bicicleta. Regresamos a su casa y luego de despedirse de su gata y presumirme su bella bicicleta plegable italiana, salimos con destino al centro de Guayaquil.


Guayaquil es una ciudad hostil para los peatones y ciclistas novatos. Foto: @TeodoroVega

Los ciclistas comparten las vías en Guayaquil. Foto: @TeodoroVega


Le comenté que, en general en el trayecto me sentí más seguro que en Quito, que las calles anchas permiten que la vía se comparta con facilidad, que solo dos veces me pitaron. “Sí, es cierto; pero para andar en bici en Guayaquil debes tener algo de experiencia, para un novato la ciudad parece muy hostil”. El camino fue más tranquilo, compartimos con otros ciclistas las calles casi desoladas. Conversamos con Jaime Matias Muñoz, un amante de las chopers (bicicletas clásicas de la infancia) que vende camarón en su bicicleta desde hace 17 años, las postales de Guayaquil se iban sumando.


Vimos en una avenida, una bicicleta blanca colgada desde un poste. Fue la primera puesta por Alberto para reclamar por un ciclista asesinado por un conductor borracho. Hasta junio del 2021, Masa Crítica, lleva el registro de 11 ciclistas y peatones asesinados por conductores en Guayaquil desde el 2020 (En este mapa, los detalles).


Llegamos por calles secundarias a Puerto Santana -con la foto infaltable con JJ- recorrimos parte de Las Peñas donde sus adoquines te sacuden. Continuamos hasta La Culata, una picantería en la calle Córdova. La sonrisa de cumplir el sueño de pedalear en Guayaquil no se me borra hasta el día que estoy publicando esta nota. Era la hora del almuerzo, pero yo solo pensaba en limonada… Luego de refrescarnos y probar un bocadillo, empezamos el retorno a la Kennedy donde estaba alojado.

Las avenidas anchas permiten compartir el espacio entre ciclistas y conductores; sin embargo, son necesarias ciclovías con protección. Foto: @TeodoroVega


Para sorpresa mía, Alberto me llevó por algunos parches de ciclo vías. Unas bien mantenidas con separación física de los autos y en otras solo quedaban los restos de pintura en las calles. En Guayaquil hay solo tres ciclovías en Los Ceibos, la Av. Delta y en estos días inauguran una en la Av. Barcelona.


Acompañado por un ciclista urbano, Guayaquil es más amigable. Además, ayuda la imitación de sirena policial que hace Alberto, a todo pulmón, cuando nos cruzamos con autos estacionados en doble fila, es gracioso ver la cara de susto de los infractores, que sin dramas ni peleas despejan la vía de inmediato. Otro mito derrumbado, no hay una agresión a los ciclistas. "Aquí -en Guayaquil- debes hacerte respetar y no hay drama", acotó Alberto.


Pienso que Guayaquil sería el paraíso de los ciclistas urbanos con ciclovías separadas de los autos y flanqueadas con árboles, sus avenidas son anchas y está más ventilado, pero eso es soñar mucho y debo reconocer que en Quito, hay más vías para ir en bicicleta. Por el momento, me confortaron los anuncios de la AMT que dicen "Respeta la vida del ciclista".


Así terminó el día, con 35 kilómetros recorridos. Con postales del otro Guayaquil, ese con gente hospitalaria y “frentera”, que dice lo que piensa y se ríe francamente. Confirmé que el Puerto Principal no es amigable con los peatones, tal vez porque la ciudad está pensada solo para ir en automóvil.


La ciclovía frente a la Universidad de Guayaquil. Foto: @TeodoroVega


Al día siguiente, fui otra vez al centro. Esta vez por las calles recorridas la víspera con Alberto. Para mi sorpresa, llegué a la Avenida 9 de Octubre en pocos minutos y la pude recorrer sin problemas hasta el Malecón, pasando el parque Centenario. Otra vez, cero problemas con los conductores de autos.


Catalina Salazar con su bicicleta, frente al Malecón de Guayaquil. Foto: @TeodoroVega


Frente al Malecón encontré a Catalina Salazar, una agente de la AMT que utiliza la bicicleta. Catalina considera que es peligroso andar en bici por la velocidad de los conductores, le dije que para mi es más fácil que en Quito, porque hay más espacio... No le convencí. Aún conduce con recelo la bici de su oficina la AMT. “Estoy de reemplazo, prefiero caminar”. Intenté una vez más: "hasta que se acostumbre, luego no se querrá bajar". Le pedí permiso para tomarle una fotografía con su bicicleta. Acepta y le hace entre gracia y sorpresa el pedido. Le agradecí y seguí mi camino.


Como en Quito, el tiempo de recorrido en bicicleta fue mucho más corto que en auto. Lo que sí tienen igual, son buses que contaminan más, con densas nubes de hollín a su paso, pero que con la brisa se despejan más rápido. En el regreso a la Kennedy, justo en la puerta de la Universidad de Guayaquil encuentro a una iguana que aceptó modelar y pude fotografiarla. Es la modelo del logo de Bitácora Ambiental.



El tercer día solo fue un paseo corto por el malecón del Estero Salado. Ahora quiero volver a Guayaquil para ir a Salinas pedaleando…


Uno de los avisos de la ATM de Guayaquil en la Av. 9 de Octubre. Foto: @TeodoroVega


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